Nosotros, Daniel Blake

Noche lluviosa de noviembre en Santiago de Compostela, perfecta para ver una película. Por el camino hacia Numax vimos (mi sombra y yo), un mendigo en la puerta del Banco Santander (qué ironía). Avanzamos con la prisa de las personas que sobreviven a veces sin vivir. La lluvia era intensa y nuestro paraguas se rompió, como una predicción de lo que pasaría un par de horas después. En la calle no había apenas gente. Quizá fuese por la lluvia, quizá simplemente era el ambiente cargado que no invitaba a salir.

En la puerta de Numax había un cartel enorme que rezaba I, Daniel Blake. Nos sorprendió la afluencia del establecimiento. Apenas se podía caminar en comparación a la asistencia habitual del local. Quedaban pocas entradas y, si no hubiésemos llegado con tiempo, no estaría escribiendo estas líneas. Empecé a ver los libros expuestos (las esperas se amenizan mejor en un cine-librería-cafetería) con especial interés en una antología de Alejandra Pizarnik. Al día siguiente la compré. La película me incentivó a gastar mi dinero. La poesía te salva del pesar en muchas ocasiones. Aunque en este caso sea canalizar un pesar propio en el pesar de la persona que escribe los versos.

Mi sombra se había quedado en el mostrador observando a la gente. Sus caras. Sus sonrisas. Sus despreocupaciones. La expectación en la antesala de ver a la flamante ganadora de la Palma de Oro. En la puerta de la sala de cine había un recorte de periódico con unas declaraciones de Ken Loach, director del largometraje: “todas las historias humanas son políticas”. Pocos se pararon a leerlo, era una voz que daba alguna pista a los que no conocían el cine de Loach sobre qué iban a ver. Pocos lo observaron. Menos aún reflexionaron sobre qué podría significar.

Ambos entramos. Sala llena. Una chica a mi derecha había entrado con su pareja, parecían felices. A la izquierda se sentaban un grupo de personas más serias, parecían conscientes sobre qué iba el tema. Los primeras imágenes se precipitaron en la pantalla y en la pupila de todos se fue desarrollando la historia. Al principio de la proyección se escucharon risas, luego resoplidos de indignación. Más tarde, en cierta escena, simplemente bufidos de rabia. Al final hubo silencio. Durante los créditos prácticamente nadie se movió hasta el final. Sin duda, el público necesitaba asimilar lo que había visto. A la salida, en vez de los clásicos comentarios sobre la película, simplemente se escuchaba el sonido del viento en los edificios de Santiago, como si se tratase del fantasma que se movía por los recovecos de todas y cada una de las personas que asistieron a Numax esa noche. Salí solo del establecimiento

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Con  I, Daniel Blake, Ken Loach consigue en 2016 su segunda Palma de Oro tras la conseguida con El viento que agita la cebada en 2006.

“I, Daniel Blake” trata sobre Terrorismo de Estado. Plantea casi de forma documental la realidad social que vivimos. Madres que se tienen que quitar de comer para que sus hijos salgan adelante, negocios turbios que surgen por parte de obreros explotados constantemente y una administración que le da igual el pueblo al que representa. Daniel Blake es un ser maltratado por quienes dicen tomar decisiones por su bien. Él resiste. De la misma forma que debemos hacer todos nosotros ante esto que nos toca vivir cada día. La película muestra todo esto sin artificios, de manera simple y cruda. Hizo un “clac” en la mente de la mayoría de los presentes.

Ese sonido sordo se transformó en malestar. La vuelta a casa fue silenciosa. Mi sombra se había quedado en la sala de proyección atemorizada. No quería volver a ver el mundo. Un mundo más negro que ella, la sombra más oscura que pudo crear Caravaggio. Caminé por la Alameda con la intención de aclarar un poco mis ideas. Podría decir que lo dediqué a reflexionar. Mentiría. Simplemente caminé. Un pie delante y otro detrás, como un autómata. Los engranajes de reloj funcionaban correctamente sin lugar a dudas pero marcaba una hora errónea. Más tarde, cuando me metí en la cama no fue para nada un sueño rutinario. Faltaba algo. O también es posible que hubiese cosas nuevas que no era capaz de digerir.

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