Festival Candeloria, entre pogos y abrazos

La IV edición del Candeloria transcurrida durante el 17 y 18 de febrero, realmente ha cumplido con creces las expectativas  creadas con el gran cartel del que hacía gala. Se abarrotó el Pazo de Feiras e Congresos de Lugo, donde se juntaron 4.500 personas. Los asistentes fueron atraídos por grandes caras tanto del panorama musical gallego, cumpliendo así la premisa de la organización de apostar por la cultura galaica, como del resto del Estado Español. También acudió a la cita el grupo italiano Talco, uno de los más esperados. Otras formaciones destacadas que daban como Dakidarría, Gatillazo, los incombustibles Lendakaris Muertos, Soziedad Alkohólika o Aspencat, banda procedente del País Valencià y con un público cada vez mayor en Galiza.

Poco queda de la primera edición del Festival, celebrada en 2014 en la sala Clavicémbalo de Lugo. Lo que si que coincide con sus inicios es, sin duda, su ubicación en la ciudad. En comparación con el último festival del mismo estilo de música celebrado en Galiza, el Castañazo Rock (ubicado en Chantada), fue mucho más urbanita sin sacrificar, por supuesto,  las raíces místicas que entroncan en todos los festivales gallegos. En Chantada los conciertos eran al aire libre -aunque hubiese techo- mientras que en Lugo fueron en un recinto cerrado con un gran hipermercado en sus alrededores. Ambos campings fueron en un pabellón pero mis huesos todavía recuerdan,como si fuese ayer, el verso de la famosa canción de Dakidarria : Tractorada en Chantada cun frío que nin Dios”. El Castañazo fue marcado por investidura de Feijóo y el Candeloria por el reciente nacimiento de su primogénito. Seguro que ambos disfrutaron mediante un zumbido en la oreja con las gaitas en las tabernas. Y los gritos de las tabernas. Y con las tabernas en sí mismas, como no.

Poco después de llegar, cumplí la rutina de siempre: empezar a gritar con personas que hasta ese momento no tenía ni idea de su existencia. No es extraño estar cantando letras estrambóticas con desconocidos usando el nombre de Antonio como nexo de unión pocos minutos después de llegar. Cualquiera que haya pasado una noche en un festival sabe de lo que hablo -si no es el caso ya estáis tardando-. A veces Antonio todavía me sacude por las noches. Es un gran amigo con ropa raída y bañado de vino que se aparece para acunarme cuando no puedo dormir. Me ayuda a tomar la decisión de ir de reenganche a clase cuando ya quedan pocas horas para que empiecen las mismas. De la boca de mi amigo más que de la mía salen esas palabras fatídicas de las que siempre me acabo arrepintiendo: “total para dos horas no me compensa dormir”. Error. Como pensar que vas a poder usar de nuevo tu calzado después de varios días de conciertos.

El día que conocí a Josete

Por muchas veces que lo haga, me sigue costando trabajo montar la tienda de campaña. Es uno de mis mayores talentos: ser un desastre en general. Tras esa ardua tarea, me tocó hinchar el colchón. Fue un esfuerzo titánico. Valió la pena, los resultados fueron maravillosos. Los mejores desde que a algún genio se le ocurrió que chocarse de manera anárquica mientras estaba en un concierto era buena idea. Es decir, desde que algún iluminado inventó los pogos . Probablemente se le ocurrió en pleno acto de evacuación escatológica. No me sustento en ningún dato pero algo tan extraordinario solamente pudo surgir en circuntancias con características similares. Que Obama tenga un Nobel y no ese ser aleatorio -llamémosle Juan- es denigrante para el ser humano. Juan inventó -en realidad la invención se le atribuye a Sid Vicious pero Juan también tiene un alma punk- una mezcla de adrenalina y vía libre para pegar hostias de una manera consciente. Una de las chicas con las que iba me partió el labio en el primer concierto al que fuimos. En otras circunstancias me enfadaría pero no. Es un pogo y hasta me pareció bien en ese momento. Creo que ahora nos queremos más.

En cuanto a lo puramente musical, para mí primordial aunque no todo el mundo piense de la misma manera que yo, el primer día era el más “flojo” a priori pero la verdad es que el espectáculo estuvo muy bien. Desakato me sorprendió gratamente con su contundente directo. Rebeliom do Inframundo hizo derramar energía a todos los allí presentes. Destacó Talco con un concierto donde cumplió las expectativas aunque personalmente los he visto con más nivel en otras ocasiones. Pero sin lugar a dudas lo más reseñable fue la actuación de Aspencat, que hicieron saltar y corear todos sus estribillos -porque las partes centrales nadie se las sabía. El Valencià en Galiza es lo que tiene- a todos los asistentes. La noche se cerró con Tremenda Jauría, que a grito de “Lume y Autotune” hicieron bailar a todo el publico con su buen rollo. La música del pueblo para el pueblo.

IV Candeloria
Aspencat durante su concierto. Fotografía de Zeltia Iglesias.

Esa noche nos deja dos anécdotas. La primera, que me perdí el concierto de Arrhytmia por un precoz desvanecimiento en el colchón que tanto me había costado montar. Fue una demostración de amor en toda regla en forma de ronquidos. Para conocer la segunda y más importante, hay que tener en cuenta que soy gran admirador de la serie española Cuéntame Como pasó. Antes de que se efectúe cualquier tipo de chiste al respecto, debo decir que me ha proporcionado demasiadas noches maravillosas como para que tú, persona que probablemente no se haya visto más de dos capítulos en su vida, hiera mis sentimientos. (bueno, un poco sí, así que no me insultes demasiado, por favor.).En mitad del concierto de Tremenda Jauría sufrí un enamoramiento al encontrarme con el doble de Josete -personaje encarnado por Santiago Crespo– en camisa totalmente desabrochada. Mi libido subió de manera exponencial y no me quedó otro remedio que besar a la persona que tenía más cerca. Un final totalmente inesperado.

Todo el mundo en Modo Dios

Llegó un nuevo día en nuestro camping de suelo de cemento mientras en mis ojos solamente veía oscuridad. No es una metáfora, realmente no veía nada. Los encargados de alumbrar el pabellón apagaron la luz por la mañana. A las once estaba todo más oscuro que cinco horas antes. Me levanté no sin dificultades para corroborar un pensamiento que había tenido anterior: nadie iba a limpiar los baños. El suelo blanco solamente un día antes estaba cubierto con una capa marrón que aventuraba a cualquier cosa menos a tocarlo. Era una mezcla de suciedad, sangre y condones usados –que alguien me explique quien folla en esas condiciones teniendo tiendas de campaña-. El resultado era asqueroso. Un aspecto realmente malo. Desayuné con un nudo en el estómago y fuimos al concierto de la mañana, la denominada sesión vermú. Era el turno de Labregos nos Tempos dos Sputniks y sinceramente me encantaron. Salté y grité  con todo mi ser. Como si realmente le estuviese dando caña a España. No éramos muchos pero realmente los que estábamos tuvimos un gran despertar.

Quedaban unas cuantas horas todavía para los siguientes conciertos y llegó mi momento favorito de cualquier festival: hacer familia. Fui con unos amigos con los que realmente fijé lazos. Conocí a un tío llamado igual que mi compañero de piso pero mucho más majo. Hablamos de política. Nos abrazamos. Sonreímos. Curvamos la boca pero de verdad, con los ojos. En el camping realmente se respiraba un sentimiento de hermandad inmenso. Me encantan los festivales de música exactamente por eso. En una situación normal solamente miramos hacia el suelo, sin involucrarnos en las vidas ajenas. Nos movemos como autómatas en la urbe. En el festival, en cambio, el vecino deja de ser ese ser anónimo que hace ruido a alguien con nombre -que también hace ruido pero de otra forma-. El suelo del camping también comenzaba a tener un color extraño en el poco espacio para pasar que dejaban las tiendas. El piso se empezaba a poner pegajoso y estábamos sucios. Nos preparamos poco a poco para la batalla que vendría después.

Esta vez llegué a los conciertos con un halo de color azul antes que casi nadie. De Lombaos estaba en el escenario y lo más destacable  -con todo mi respeto al grupo- fue que su vocalista se parece a un profesor que me ha dado a clase este año y que éramos cuatro gatos. La gente se estaba guardando para lo que más tarde vendría. Dakidarría se me hizo muy corto pero su ya clásico remix de canciones míticas con Sarri Sarri a la cabeza, nos hizo transportarnos por unos momentos a Avante -pub de Compostela al que los festivales de rock gallegos deberían dar las gracias por suministrarle la mitad de su público-. Mención especial al  multitudinario pogo en Terra, su canción más famosa. Fue uno de los momentos más emocionantes de todo el fin de semana. En Soziedad Alkóholika estuve recargando fuerzas para vivir el concierto de Lendakaris Muertos.  El directo de estos últimos simplemente fue, hablando en plata, la hostia. Los años no pasan por la banda en lo que, a mi parecer, fue el mejor concierto del fin de semana. Fue tan grande el despliegue de energía que sufrí un segundo desvanecimiento en mi tienda del que no me levanté hasta el día siguiente. No vi a Gatillazo ni a Ruxe Ruxe ni a Ezetaerre pero mi cuerpo lo agradeció.

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Bajista de Dakidarria durante su actuación. Los de Vigo coincidiréis conmigo en que su camiseta es legendaria. Fotografía  de Zeltia Iglesias.

A la mañana siguiente recogimos. A mi y a todo el grupo con el que fui se nos quedó algo en Lugo. Hablo, de nuevo, literalmente. Allí se dejó una mochila en un lugar indeterminado, la sangre derramada por un labio partido, cuarenta y ocho horas de sueño que jamás se recuperarán o simplemente una dignidad que es muy posible que ya no viajase antes de venir a tierras lucenses. Nos sentamos todos en la parte trasera del autobús para volver a Santiago de Compostela. Nuestra verdadera casa aunque ninguno haya nacido allí. Por nuestras bocas solamente eran capaces de articular una frase a pesar del cansancio: nos vemos en el Ourenrock Sound.

 

 

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