Cerrar las ventanas al acoso

La Sierra de Courel está situada en Lugo. Los habitantes de esta zona son escasos en número. Los que estaban antes van siendo arrebatados por el tiempo o deciden emigrar a otro paraje con mayores servicios para ellos. En temporada alta siguen siendo comparativamente menos que entonces. Entonces… Cuando había vacas en Mercurín.

Mercurín es una de las aldeas de este paraíso casi despoblado. Además de ella: Seoane, Piñeira, Moreda, Parada, Ferrería de Seoane y Ferrería Vella. Numerosos artículos recogen este desconsuelo. Las cifras entristecen al turismo. La lucha se enfoca en salvar Courel. La naturaleza sigue viva, late entre estas montañas mientras el oso se esconde del ser humano. Ese oso que aseguran haber visto pero no deja de ser más que un mito.

Con la intención de adentrarme en la realidad y la ficción de Courel, me acerqué a una de sus habitantes. Su familia emigró a Barcelona cuando ella tenía 8 años, pero seguía pasando sus periodos vacacionales en Courel. Más tarde volvió definitivamente.

Era una mujer madura, con mirada tranquila. La conversación con ella no concluyó con el tipo de reportaje que tenía en mente realizar. No obstante me hizo pensar, debatir, aumentar la fuerza de mis palabras para hacer saber; para dar a conocer la historia que acabaría por confesarme.

En primer lugar, para respetar su privacidad, quiero rebautizarla como Carolina. A partir de ahora y solo entre nosotros, ese nombre inventado será el que la represente.  Aparenta ser una mujer humilde e inteligente. Le gusta leer, sus ganancias se deben gracias a un trabajo que compagina con otro. No parece una persona ansiosa, al contrario. Tampoco en su mirada queda recogida absoluta tranquilidad.

La courelana está sentada en la lareira. Para los que no lo sepáis, según la RAG (Real Academia Galega) la lareira es una piedra plana situada a poca altura del suelo donde se hace fuego para cocinar en las casas tradicionales. En frente estoy yo. Conforme vamos hablando ella se levanta, se dirige a la leña que tengo detrás del banco y va partiéndola utilizando las rodillas. Pasa el tiempo y yo la acompaso para avivar el fuego. En la habitación donde nos situamos también hay una mujer que corroborará su relato y una adolescente de catorce años que abrirá los ojos sorprendida ante la narración de los acontecimientos.

Comenzamos el coloquio mencionando la tranquilidad del lugar, muy diferente a la estridente ciudad. Reflexionamos acerca de la educación proporcionada a los niños, basada en el éxito académico. Como si la única solución en la vida fuera montar una empresa y conseguir millones. A los que no aspiran a este triunfo a la carta se les considera fracasados. Incluso en el pequeño colegio de Courel donde apenas son 25 niños, no se plantea la vida en el campo como una opción. La intención es también despreciar este tipo de vida y salir de aquí.

Interrumpiendo la conversación, la mujer que está en la sala comenta que se encontró con un conocido de ambas y nombra a un vecino de la zona. Ella hace una mueca y continúa con el diálogo previo. Pasadas las horas vuelvo a aludir al tema y es entonces cuando Carolina decide contarme la historia.

El chico que le seguía en las fiestas

“Yo tenía apenas 14 años y él tendría 18” dice. No está segura porque las percepciones pueden engañarla. “He rememorado tantas veces esta historia para entenderla, para señalar culpables” me confiesa. Todos en la sala estamos atentos al sufrimiento que Carolina expresa con la voz.

Era aún prepuberal cuando él se le presentó. Apenas cruzaron palabras. No volvió a verlo en mucho tiempo, tampoco le afectó. Su ausencia se produjo con motivo de hacer el servicio militar. Acabados esos años, se cruzaron en una fiesta.

“¿No te acuerdas de mí?” Dijo él. Ella no sabía qué decir. Ni siquiera lo recordaba después de que hiciese mención al día que se conocieron. Este fue el primer paso que forjó la cadena que a Carolina le pesaría durante casi 30 años.

“Al principio solo hacía acto de presencia en las fiestas. Aparecía por ahí y trataba de bailar conmigo. Luego todo fue a más. Yo tenía coche así que llevaba a mis amigos a sus casas. Siempre que acababa la noche nos encontrábamos con su dos caballos blanco. Me estaba siguiendo.” Lo que parecía un chico pesado acabó afectándole en su estado de ánimo. Empezó a ser obsesivo, llegó incluso a amenazar a los hombres que se acercaban a ella. Aquellos que intentaban vivirla y no arrancarle el tiempo. Los que la sacaban a bailar y le hacían reír.

Aumentan las persecuciones y nadie actúa

Un día, cuando volvía a casa se encontró a su padre hablando con él. El primero se reía. El segundo parecía serio. Carolina, asqueada, se acercó y aprovechó para decirle a su padre que aquel hombre no dejaba de molestarle. A su progenitor se le cambió la cara. Lo que antes le parecía una broma, ahora era una amenaza. El chico había venido a pedirle la mano de su hija. Ante tan ridícula proposición ya no se burlaba. Ahora lo echaba de su casa.

Carolina siguió soportando esa situación. En un par de ocasiones fue a la Guardia Civil a denunciar, pero los trabajadores no llegaban a tomarla en serio. Nos dice: “Si no hay sangre, no es delito”. “Pero la hubo” le corrige la otra mujer que está en la sala. El hombre fue el causante de un episodio de agresión física.

Durante el funeral de un amigo cercano de Carolina, él se acercó a decirle algo. No me conocía, estaba loco, me tenía idealizada. Yo le dije que me dejara en paz y me pegó un puñetazo. Me hizo sangrar”.

Para ella todo había cambiado. Recibía cartas, regalos. Se sentía observada. Cerraba las ventanas, las puertas. Era ahogarse en el agobio.

Los años de calma

Durante el curso, Carolina vivía en Barcelona. Hasta allí fue perseguida. “Recibía flores en el trabajo. Llamadas de su parte.” La situación no cesó hasta que se casó. Él también era de Caurel y conocía el ambiente que estaba sobrellevando. Por ello, no dudó en amenazarle. Estaba seguro de que era la única manera de proteger a la persona de la que estaba enamorado.

A Carolina le hubiera gustado actuar con más valentía. Lo admite con la mirada triste y frustrada de quien no puede controlar el terror. No pudo ser así, se veía demasiado implicada por los sucesos que la estaban acompañando durante tantas etapas de su vida.

Pese a todo, siempre hay oportunidad para renovarse, para cargarse de ilusión. Carolina y su marido volvieron a Courel con la intención de llevar a cabo un proyecto. Querían, desde la política, mejorar la situación que estaba produciendo un derrumbe en la sierra tan querida por ambos.

Fue una temporada con momentos mejores y peores. El quiebre definitivo se produjo con la muerte de él. Los planes no acabaron de desarrollarse como se esperaba. Ella tenía que disponerse a criar a su hijo de 9 años sola. Trataba de sobreponerse, luchaba contra toda adversidad.

La vuelta al inicio, eterno retorno

Un mediodía como cualquier otro, se disponía a hacer la comida cuando recibió una carta. Sin darle demasiada importancia la abrió “Para mí siempre serás la más bonita.”. dictaminaba. Ella, molesta por la broma de mal gusto, llegó al final del folio. Firmaba él. Volvía.

Ante esa situación de descontrol, vacío y ansiedad Carolina se sentía frágil. No podía moverse. Cayó rendida al sofá. “Por mi cabeza pasaba todo. Me decía a mí misma. Tienes que levantarte, dentro de poco va a venir tu hijo y tienes muchas tareas que hacer” pero el cuerpo no sabía responder a los impulsos que la cabeza le exigía. Todo volvía al punto de partida. La sensación de vértigo, la fatiga, el descontrol. Asegurar puertas y ventanas. “Me está siguiendo. No sé cuándo ni como va a acabar esto”.

Acabó por despegarse del sofá pero seguía ahí. Trataba de buscar una solución de cualquier manera posible. Pasaba el tiempo. Recibió otro sobre con fotografías: Ella en una fiesta bailando con su hijo. Esto debía parar. Fue a denunciar a la policía. Esas no eran las únicas imágenes que su acosador le había mostrado. Una vez previamente, ya habían aparecido en la puerta de su casa fotos de una matanza. Era angustioso.

Inicialmente ellos no le daban importancia, pero conforme iba desarrollando la historia cambiaron el semblante. Era una verdadera tortura lo que había vivido. Sentía el peos mucho por la constancia en los años.

El niño se volvió hombre. Habiendo vivido esta injusticia aseguró a su madre que si seguía así iban por él. El padre de Carolina lo secundaba. “No”. Decía ella. “Ahí decidí que no podía comprometerlos, que tenía que decidirme por ser más capaz”.

El silencio colectivo

Carolina fue a juicio. Como en Crónica de una Muerte Anunciada –caso real en la que se basó Gabriel García Márquez-, era una chisme que la gente conocía. No le daban demasiada importancia. Pero en casos como este, quien no arremata contra los agresores; es cómplice. Los espectadores la habían mirado con pena, pero no dejaba de ser partícipes de una sociedad en la que se criminaliza a la víctima.

Lo terrible es que ella misma se preguntaba, en la soledad de sus inquietudes: “¿Habré hecho algo? ¿Será culpa mía?” Como todas tantas mujeres, que acaban sintiéndose condenadas por su belleza. Viéndose delincuentes solo por su atractivo. Ella repite que ha repasado tantas veces cada uno de los sucesos, buscando una raíz. En ocasiones, atribuyéndola a una pérdida de consciencia de los actos de aquel hombre por haber estado a punto de morir durante el servicio militar.

También perdió la sentencia. Recibió al fin una orden de alejamiento. De todas formas, trató de ser imparable. Hasta el año pasado la situación no llegó a la calma. Carolina seguía soportando el escenario sobre sus hombros.

La paz vino porque se rumorea que al fin reside en un centro especializado. Lejos de ella. Carolina cuenta esta historia tocándose los dedos, las manos. El fuego sigue bailando. Las otras dos personas de la habitación mantienen silencio. Yo le asevero que esta historia hay que contarla. Ella me lo permite. Nunca fue culpable de nada. La chica de 14 años que se encuentra sentada a mi lado comprende que el mundo no nos lo pone nada fácil. Tan solo por el hecho de haber nacido con este sexo que, por cierto; según la RAE, sigue siendo el débil.

Las zonas rurales sufren montones de pérdidas anualmente. La sierra de Courel está despoblada. Los habitantes siguen asegurando que un oso se esconde entre la fauna. Seguro que no quiere salir. Estará atemorizado ante todas las iniquidades que el ser humano permite. Si razonara se plantearía hasta qué punto es más importante repoblar por encima de educar. Pero el oso no piensa, se mueve por instintos. Él aun se puede salvar.

4 comentarios sobre “Cerrar las ventanas al acoso

  1. Es de una crudeza apabullante,angustiosa… Lo peor de todo es que no es un relato ficticio, sino un testimonio que tú has sacado a la luz. Sigue haciendo esto y quizás, con suerte, no tengas nada parecido que sacar a la luz en el futuro.

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    1. Muchas gracias Fernando. Lo importante es denunciarlo y difundirlo, que si alguna mujer se siente en una situación similar sepa que en ninguno de los casos es la culpable si no la víctima. Esperemos que sea como tú dices. Un saludo

      Le gusta a 1 persona

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