Ya nadie espera a Godot

Las tablas empezaron a temblar con el surgimiento del cine. Están desoladas. Se preguntan “¿qué tendrán esas luces que nos falta a nuestros focos? ¿Qué habrá en sus sets de grabaciones que no quepa en este espacio?”. Se defienden alegando que a esas cámaras les faltan la improvisación, que por mucho zoom que se haga, no se podrá oler la escena. Porque en el teatro el actor mira al público y lo ve. Le responde a la carcajada, se llena de fuerza para seguir interpretando, contando la historia que alguna vez alguien sintió de alguna forma. La ficción de la narrativa es eso. Un depósito donde se contiene la realidad de otro. Nos emocionamos por la empatía de entender, por la crudeza que supone.

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Imagen de Samuel Beckett

Samuel Beckett estaba preparado para captar las realidades a las que no sabemos -aún a día de hoy- enfrentarnos. Tenía aspecto de un pájaro dentro de su propia jaula. Para Enrique Vila-Matas era de color negro y leía el periódico. En sus ojos cabían preguntas azules que quería escribir. También quería escucharlas dichas por otras bocas.

Nació en Irlanda. Se formó con la astucia del que quiere comprender las lenguas románicas. Comenzó a relacionarse con el padre de Ulises, James Joyce. Se decía que era su secretario a lo que él respondería con la negativa. El mundo parece no estar acostumbrado a la existencia de una amistad sincera.

Esperando a Godot

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Imagen de la portada del libro

En 1952, Samuel Beckett dejó de comprenderlo todo. Desaprendió para volver a poner una nueva mirada. En la parada de un tren que nunca pasaría se encontró a quien siempre estaba esperando: Vladimir y Estragón. Didi y Gogo. Viejos, sucios, despeinados, deshilachados, anhelantes. Se puso a escucharlos atentamente y a apuntar en un papel lo que él creaba de sus bocas y encontraba en la invención de sus gestos. ¿Qué musitaban esos desquiciados? No eran capaces ni de colgarse en el árbol que detrás de ellos se erigía. Estos dos personajes teatrales eran vagabundos que representaban a toda la humanidad.

Lucky irrumpió tirando de una cuerda que sujetaba Pozzo. Parecía ser su esclavo, incapaz de hablar. Es muy diferente. Por un lado es siervo, por otro contiene la rabia de quien no desea que se le acerquen. La exageración de ambos marca la diferencia de clases, característica completamente visible en la sociedad de entonces. Con latente constancia en la nuestra.

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Tres actores representando a Vladimir, Estragón y Pozzo

El escenario era tan pobre como los protagonistas. No necesitaban nada más que sus aspiraciones. Tan grandes eran como sus miedos. Ese es el principal motivo por el cual no eran capaces de caminar, les era imposible dar pasos en búsqueda de un nuevo destino. Vladimir y Estragón eran víctimas de un sistema embrutecido por el conformismo que genera el pavor. Se demandaban afecto, querían saber, les confundía el tiempo y lugar. Desde lo mínimo de ambos, nos asomamos a lo absoluto de la existencia.

Por eso a Samuel Beckett le plantaron con arena y agua un Premio Nobel de Literatura. Desde sus raíces crecerían las ramas que a día de hoy seguimos mirando. En busca de Didi o Gogo. Queremos saber si se llegaron a ahorcar, cayeron al suelo por su peso o si -finalmente- llegó el tan ansiado Godot.

Una nueva visión

A la primera problemática que suponía ilusionarse ante el pensamiento de que se presentaría en cualquier momento ese salvador, se le suma otra: no hay nadie que lo espere. Godot ha quedado encerrado en el libro y preso en un teatro al que cada vez acude menos gente. El precio de la cultura sube, su consumo se redistribuye en pos del ego. Se priorizan las Redes Sociales que anteponen las opiniones a los razonamientos. Estragón y Vladimir están solos sobre el escenario. No hay un espectador dispuesto a resolver las conversaciones cifradas que entablan. Tan similares a las que ya hicieron en su momento el sombrerero loco y sus compañeros de mesa, aquél esperado no cumpleaños.

Hablan de un género que ejemplifica lo absurdo. Desde luego, lo es. ¿Cómo podemos seguir esperando sin preocuparnos por dar pasos hasta alcanzarlo? Godot fue Dios, fueron los filósofos, fue el presidente. Podríamos haber sido cualquiera de nosotros. No será cuestión de esperarlo. El mundo -y permítanme que tome la libertad de plasmar mi opinión-, será de aquellos que tengan la valentía de salir a buscarlo, de aquellos que salen de sí mismos para, finalmente, encontrarlo.

ESTRAGON: ¿Y qué hacemos ahora?

VLADIMIR: No sé.

ESTRAGON: Vayámonos.

VLADIMIR: No podemos.

ESTRAGON: ¿Por qué?

VLADIMIR: Esperamos a Godot.

ESTRAGON: Es cierto.

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