El personaje de novela que demandó a Gabriel García Márquez 

Era verano, 2015. El calor no se parecía a ningún otro, te absorbía por dentro de la piel y parecía querer abrazarte con sus manos sin dedos. El sudor acariciaba cada poro en busca de aire. Nadie estaba solo, porque parecíamos estar apretados en un cuento inventado. Allí estaba, con un letrero en la estación de tren: Aracataca. Parece un juego de palabras, parece que nos referimos al instrumento que utilizan los niños que aún no saben mover las extremidades con fuerza -me refiero al tacatá-. Parece que con decir su nombre lo masticaras, lo cantaras, lo besaras con la lengua. Aquí nació él.

Imagen de la estación de tren. Claudia Vila

 

Cuando digo él, muchos se sienten aludidos. Muchos fueron hijos de este río que lo atraviesa. Así los vemos. Nadando en contra de las olas y divirtiéndose por la dificultad que supone. Morenos, empapadas sus ropas y con los dientes completamente al desnudo. Regalando carcajadas de pelos despeinados. Desde lejos los veo, los vemos. Yo soy capaz de acercarme y mirar a lo oscuro de sus aguas. Quiero tirar mis zapatos y hundir mis pies en la pecera de historias. Aracataca tiene la piel curtida por el trabajo optimista.

Ya nunca será igual, porque le cambiaron el nombre. Ya no es lo que era -a veces anónima-. Ahora su apellido es un escritor colombiano que pasó, como tantos, hambre en búsqueda de un sueño. Las paredes están pintadas con su rostro, y están plasmadas con algo más identificativo que su cara: sus palabras. Qué milagro para el escritor, ser identificado por su obra más que por su físico. Qué fortuna multimillonaria, que no cabe en los bananeros ni en industrias.

Hace tres años que no está. Hace tres años que se fue y nos plantó su mente con aplomo a todos los lectores insaciables. Hace tres años que Gabriel García Márquez –él-, descansaba con Úrsula y sigue en la casa. Sigue en cada rincón, con los pescados que antes quise cazar en el río. Es inevitable ver su pueblo y cruzarse con la mirada de Gabo.

Río de Aracataca, foto realizada por Claudia Vila

Gabriel García Márquez fue uno de los más reconocidos autores de la literatura latinoamericana. No obstante, su manera de relatar y mezclar realidad con fantasía hacía que algunos de sus lectores se mantuvieran confusos; otros, lo admiramos precisamente por eso. El Mundo recoge en un reportaje su propia visión: «Toda la vida he sido un periodista. Mis libros son libros de periodista, aunque se vea poco. Pero esos libros tienen una cantidad de investigación y de comprobación de datos y de rigor histórico, de fidelidad a los hechos, que en el fondo son grandes reportajes novelados o fantásticos, pero el método de investigación y de manejo de la información y los hechos es de periodista». ¿Era el colombiano un profesional o un cuentacuentos? Ambas.

En 1981, escribe Crónica de una muerte anunciada, asesinato ocurrido en 1951. Los 30 años de diferencia no son más que tiempo de reposo emocional, por no herir a la madre de una de las implicadas en la trama.

La novela relata los sucesos ocasionados tras la ceremonia matrimonial de una pareja, en la subregión de La Mojana (Sucre). Ante el descubrimiento de que ella había perdido la virginidad antes de la noche de bodas, él decide, como “hombre de bien”, repudiarla. Tras la pérdida de honor tan temida en aquellos años -y por desgracia, en ocasiones también en los nuestros-, los hermanos de la joven deciden asesinar al culpable: su amante. El marido engañado se llamaba literariamente Bayardo San Román; literalmente, Miguel Reyes Palencia.

En 2007, Reyes concedió una entrevista la revista Semana, donde se autoproclamaba como único personaje del Nobel vivo “Fueron 18 puñaladas mortales y Cayetano, que tenía 24 años y un futuro promisorio, cayó muerto pendejamente (…) Creo que todo el mundo sabía que algo así iba a pasar, menos Cayetano y yo”, afirmaba desmintiendo que el asesinado -Santiago Nasar en la ficción-, era el único que desconocía el peligro que corría. Tras la publicación del libro, la vida de Miguel Reyes da un cambio de rumbo.

Su familia desconocía el suceso, sus hijos viven situaciones incómodas en el colegio, sus amigos se distancian. Por ello, decidió hacer su propia novela: La verdad, 50 años más tarde. La otra verdad para muchos, la única para él. En 2014 afirmaba en el periódico el Heraldo, que ya contaba con una segunda edición, pero al no poder contar con recursos económicos necesarios -mal endémico de todo escritor- su distribución estaba paralizada.

Miguel Reyes Palencia no se contentó con crear su propia obra, quería que la de Gabo le perteneciera. En 1994 formalizó su primera demanda, exigiendo la mitad de los derechos de autor; a lo que la defensa del Nobel respondió que se trataba de una historia conocida socialmente y que además había presenciado el propio escritor y su familia. No había invención alguna, pero la idea de que aquel hombre sufriera un ataque de pudor por lo privado parecía, cuanto menos, disparatada. Reyes, por su parte, se puso en contacto con Margarita, su mujer (ya que nunca llegaron a divorciarse), para que se uniera a la demanda. La rechazada, que ya tenía vida consolidada en Nueva York se negó a revolver un acontecimiento tan oscuro para su existencia. Tampoco le apetecería apoyar a quien había arruinado su vida. Miguel Reyes Palencia, para la tranquilidad del lector, afirmó que tras la muerte de Margarita; él fue a su tumba a obsequiarla con flores. “La perdoné” concluye victorioso.

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Habitantes de Aracataca refrescándose los pies, foto realizada por Claudia Vila

“Escribo, ella escribió, que la memoria es frágil y el transcurso de una vida es muy breve y sucede todo tan deprisa, que no alcanzamos a ver la relación entre los acontecimientos, no podemos medir la consecuencia de los actos, creemos en la ficción del tiempo, en el presente, el pasado y el futuro, pero puede ser también que todo ocurre simultáneamente”, explicaba Isabel Allende en La casa de los espíritus. Gabriel García Márquez aunó periodismo y literatura. Fue propietario y director de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano y ganador el premio Nobel de literatura en 1982. Trató que ambas pudieran fundirse como una sola. Lo real puede entenderse de diversas formas. En una entrevista con su compañero literato, Pablo Neruda, defendió: “A mí me gustaría volver al periodismo, pero sobre todo, a ser reportero; porque tengo la impresión de que a medida que uno avanza en el trabajo literario, va perdiendo el sentido de la realidad”. No la perdamos nosotros también. No infravaloremos un trabajo sobre otro. Seamos, como él, amantes de estas dos grandes pasiones.

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