Mujeres que escriben en lavaderos

Una poetisa se esconde entre los árboles de A Bouza y en sus versos narra historias de su barrio con la precisión de un cronista. Hace uso de la anáfora en la palabra “lucha” porque, si con algo ha crecido el barrio de Coia, si algo respiran las piedras de sus edificios y las raíces de sus árboles, es la lucha por sobrevivir a las adversidades. En sus ojos casi ciegos de cataratas todavía se puede observar claramente la marca del dolor por el pasado. En la cena de Año Viejo hay dos vacantes ya muy antiguas. Treinta y ocho años de edad. Ya son de la familia. La dama pálida se llevó a dos de sus hijas como a otras tantas en la cárcel de asfalto que se convierten los recovecos del barrio en ocasiones. Una generación se perdió en medio del tiempo. Las cicatrices se confunden con las arrugas de los que sufrieron en carnes ajenas la barbarie.

El cuerpo curtido de quien ha trabajado en la fábrica. En Reyman. Cuando todavía no había nada. Cuando se reunía con las demás mujeres para charlar en los lavaderos. En esos tiempos donde todavía no tenía que demostrar que la heroína era ella y no la que tantos futuros brillantes truncó. En su cuaderno secreto, aquel que ni ella se atrevía a abrir, confesó muchas veces que le faltaba agua donde remar pero nunca fuerzas para hacerlo. Nunca quebrada. Nunca rota. Se alza ante el mural que homenajea a la Asociación Érguete con emoción y rabia contenida.

El viento recurrente de la Avenida de Castelao le cala el abrigo y tiembla. El plan urbanístico de Desiderio Pernas dejó un maravilloso paseo en el que andar sobre los escombros de la aldea donde creció. Apenas quedan vestigios vivos, salvo los fantasmas. Camina cinco minutos y llega a su antigua huerta. Zonas rururbanas en medio del barrio, lo llaman algunos. A ella siempre le había parecido un nombre demasiado sofisticado para algo tan simple y bonito. Las cosas con nombres raros solamente habían traído problemas a su vida.

Es domingo y va a misa. Cristo de la Victoria. La iglesia dominica donde se habla más del pueblo que de los santos, donde en sus catequesis enseñan a los niños a decidir por sí mismos en vez de obedecer a algo sin pensar en ello. Los responsables de que el barrio sea barrio. Había visto años atrás al cura que oficiaba la ceremonia plantarle cara a policías mucho más corpulentos que él y organizar el movimiento vecinal. Estaba en un edificio en la que te tratan como familia sin preguntarte por tus creencias. Sin duda una iglesia que va en contra de la Iglesia.

Enfrente está el instituto de su nieta. El Alexandre Bóveda. Fusilado como otros tantos por un régimen injusto. Es tradición que el movimiento estudiantil vigués tenga ese instituto como epicentro. En Coia todo lo que ha tenido el barrio se ha ganado en las calles. Nadie ha regalado nada. Tanto el profesorado como sus alumnos parecen ser conscientes de eso, la llama sigue prendida en medio de la oscuridad. La artritis le hace moverse con dificultad pero camina. Si nada ha logrado pararla hasta ahora, ella misma no será quien lo haga.

Ella es una poetisa cuyos versos no son palabras, son actos. Su cuaderno son sus recuerdos y la pluma que utiliza, todo lo que pueden captar los sentidos. Pocas veces habla de más. Las palabras son superfluas normalmente, ya que, si no cuando de verdad se necesite, su efecto estará diluido por el uso indebido. La tolerancia a la retórica no tiene cura.

 

El lavadoiro de Coia

Si en una conversación alguno de los interlocutores preguntara: “¿En qué punto se ubica Coia? ¿Es urbana o es rural?”. Tras un breve silencio, no se sabría qué contestar. Coia es una mestiza, es mulata de un pasado no tan remoto y un presente que invade. Lo que se puede afirmar es que la zona agraria está aún por reestructurar, ya que la baja densidad de población favorece el abandono de ésta.

Uno de los muchos trazos de este aspecto del barrio es el L​avadoiro dos Esturáns, imprescindible cuando aún no existían las lavadoras. Actualmente no es más que un elemento patrimonial defendido por los vecinos debido a la identidad que representa. Porque no se trata únicamente de un lugar de trabajo. Es mucho más. Ha sido mucho más. Cualquier rutina que nos une con el otro debe ser considerada como relevante en el proceso evolutivo.

El ecosistema que se crea alrededor de este lugar ha sido ya analizado varias veces pero no las suficientes. En Mogor, Carlos Prado Pampín decide realizar un corto donde dos mujeres de tercera edad lavan sus prendas y se ríen frente al sol. Conforme van haciendo sus labores, comentan las diferencias que hay entre la actualidad y los tiempos ya pasados. Una de ellas afirma que ahora los jóvenes están a todas horas con el teléfono móvil, que antes tenían que hacer presencia física para poder relacionarse.​ O lavadoiro do Redón recoge la conversación de estas dos mujeres, no en forma de mensajería instantánea, sino con altibajos en la voz. Con el arrullo dulce de la experiencia. Hacen referencia a la posible chepa que los jóvenes tendrán por hacer uso de las tecnologías (curiosamente no piensan en la producida por el lavadero). Orgullosas dicen que ellas utilizan el teléfono para llamar a algún sitio, que sus dedos están tranquilos, al mismo tiempo que sus manos trabajan arduamente en la labor de eliminar todo resto de mancha: “Yo solo sé llamar, y cuando me llaman solo sé responder”. Ésta, desde luego, no es la única realidad para las mujeres que tanto trabajan y han trabajado en estos lugares. La tecnología también han llegado de manera plena a la tercera edad. Los “avances” sepultan incluso eso, la identidad de una juventud. La reivindicación de un pasado.

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El Lavadoiro de Coia, ubicado entre lo urbano y lo rural

La fuerza de la mujer: antes y después de lavar a mano

Una parábola escrita hace miles de años afirma que hay que construir la casa sobre roca. La roca es la única que se mantiene estable ante las catástrofes meteorológicas. En ese caso se refiere a la religión, en el lavadero el sujeto es el colectivo femenino. La roca es fuerte. Permanece en el tiempo. Se erosiona pero no se estropea con la facilidad con la que lo hacen otros materiales. Supera a las tijeras -a los recortes- pero le gana el papel -los billetes-. Por eso, cuando las mujeres empezaron a tener este último recurso, abandonaron la primitiva roca.

Alba Barros tenía doce o trece años la primera vez que vió un lavadero. Acompañaba a su madre a limpiar los trapos sucios. En el sentido literal. El otro tipo quedaría para años posteriores. El lugar no cambiaría, eso sí. Sabía que aquella tarea -la de limpiar- no era como las demás. No. No se trataba de cepillar un aburrido suelo o enhebrar una aguja desobediente. Esto iba más allá. Era su pequeño deseo. Su descanso. La única forma de -en aquella sociedad que la reprimía- lanzarse al “vacío” de informaciones. En aquel entonces no lo protagonizaba la televisión, tenía que ser analógico.
Su madre le llamaba la atención ante las posibles distracciones que Alba sufría. Le decía con paciencia “En la ​bañera grande la primera vez. La pequeña solo para enjuagar”. Ella asentía ante estas palabras tratando de no perder el hilo argumental de la interesante trama. La que con su oído derecho captaba con atención. La de las demás mujeres. Se preocupaba por frotar con ahínco cuando le correspondía. Las manos se estropeaban, todas ellas estaban heridas con la naturalidad de aquellos tiempos. Los sabañones eran firmas en la piel.

La lluvia les hacía vestirse con sacos. Más tarde llegó el tejado. Pese a esto, nada las paraba. El lugar no era precisamente poco transitado: destacaban las largas colas. Ordenadamente cada una esperaba su turno. Lo importante era lavar. Lo absolutamente imprescindible hablar, conversar las unas con las otras en ese mundo aciago.

Y es que las jóvenes se esperaban, hablaban de sus asuntos dándoles una orgullosa importancia. Las madres reían, pero a su vez también cumplían esos roles. Comentaban lo ocurrido en verbenas, los líos de faldas, las recetas, maridos, hijos, suegras, nueras… Todo era válido con tal de ocupar el tiempo y socializar. Había quienes contaban con una radio en casa y ponían sus exclusivas informaciones al servicio de las demás. En otras palabras, era un popurrí del desahogo. Alba escuchaba con sagacidad, pero en ocasiones se perdía. No entendía cosas. Al llegar a casa le preguntaba a su madre y ésta le respondía con una sonora carcajada pero sin articular palabra alguna. Una constante interjección. Alba entonces decidía añadirlo a su discurso. Hablaba con palabras experimentadas pero expulsando ideas que sabía por haberlas escuchado, no por experiencia. “Todavía tienes los ojos cerrados”, le dijeron una vez. “Daba rabia”, confiesa con mirada dura.

Los acontecimientos se sucedieron mientras el reloj de arena seguía en marcha. Todos crecían. A un ritmo vertiginoso los intereses cambiaban. Llegaba la lavadora. El médico le dijo a Alba que no debía forzar la espalda y dejó de asistir a las grandes tertulias programadas. Solo volvía para lavar grandes alfombras y mantas. Entonces, entre los tan conocidos jabones solo encontraba a mujeres mayores tratando de reavivar la conversación y de hacer sus tareas lo antes posible. “Querían volver a casa para ver la televisión con sus hijos”, afirma. Lejos de infravalorar esa novedad, las mujeres se maravillaban con las animaciones y querían disfrutarlas con sus descendientes.

¿Echa de menos hoy los lavaderos? No. Con el lavado a máquina le quedaba tiempo para charlar por charlar con sus amigas. Para quedar en una casa y calentar chocolate caliente, esta vez, con las manos secas. Pero sin duda en su mente quedaba un poso de nostalgia.

La educación reivindicando el pasado

Esta importancia narrada en las arrugas de Alba se ve reflejada también en las palabras de alguien de un tiempo muy distinto. Ana Álvarez, profesora del Alexandre Bóveda, se expresa con la dicción de una persona acostumbrada a hablar en público. A aleccionar a alumnos en el temario y en algo más: en la vida. “Lo que más me llama la atención es que el lavadero representaba para las mujeres un punto de reunión”, declara con mirada firme mientras apura el café un domingo por la mañana.

La Historia que viene en los libros de texto no es la más importante. Desde luego el mundo es un lugar que respira y que las enfermedades de las que adolece tienen su origen en el pasado. Pero si has nacido en Coia, eres merecedor de conocer la Historia olvidada del barrio. De conocer como a hierro y fuego transformaron una aldea en un polígono con altas viviendas. Los versos de un don nadie que escribe en una esquina olvidada tienen un origen y Ana, junto a más profesores del instituto, inicia un proyecto que da respuesta a esta necesidad velada que tiene toda persona. Que tiene todo individuo. Necesidad por conocer los acontecimientos que ocurrieron en donde pisan sus pies. Así nace el Roteiro de Coia, dentro de él, el Proyecto Bata.

Adolescentes dejaban de preocuparse por sus quehaceres diarios para adentrarse en lo que a su alrededor había estado siempre. Este proyecto tuvo su recompensa. Fue galardonado por el Ministerio de Educación en los Premios Irene. Mercedes Oliveira y siete profesores más recibieron el aplauso merecido por su gran trabajo.

Ella junto a Ana y Mar Platero se colocan frente al atril. Afirman que forman parte de un equipo formado por alumnado y profesorado. Relacionan la invisibilidad de la mujer con la bata, este objeto utilizado por ellas que conecta con la casa. En relación con esta prenda se desarrolló un festejo que, lejos de ser anónimo, llamó la atención de periodistas y medios. En el discurso presentan imágenes de jóvenes jugando al fútbol con este atuendo, lo que hace reír al público. El objetivo era pedir la bata a sus madres, a sus abuelas. Acercarse a ellas y entenderlas. Que se estableciese una comunicación que de otra manera sería imposible. El conocimiento se muere si no se transmite y precisamente en esto radica la magia del proyecto. Al final del día dejaron sus batas en el suelo. Pintaron con ropa una enorme figura de esta prenda: compuesta por todos colores y formas. Como conclusión, confirmaban que los chicos se entristecían por la reflexión acerca de la distancia que sentían con sus padres respecto a la labor de sus madres. Sentían pena de que sus padres no pudieran disfrutar de aspectos de sus vidas. “Todo por no preguntarles. Por no despertarles, por no hacerles la comida, por no lavarles la ropa (a mano o a máquina). En definitiva, por no cuidarlos de forma igualitaria.”

La actualidad del Lavadoiro

A día de hoy lo que lució antaño se tiñe de óxido. Como en otras tantas ocasiones, el tiempo hace estragos en las infraestructuras. Las nuevas necesidades generan un abandono en lo que algún día nos pareció imprescindible. Todo lo utilitario acaba siendo obsoleto. Genera un sentimiento de desencanto, de desilusión, de miedo a lo desconocido, a lo que está por ver. O a recordar tiempos pasados

Ahora el lavadero de Coia no tiene colas inmensas para quitar las manchas de barro de los hijos, los residuos de una comida o el sudor de un día de verano. Ni siquiera nos encontramos con mujeres que arrastran sus largas mantas para hacerlas colisionar contra el agua y deshacerse del polvo de las pisadas. Apenas vislumbramos de lejos los años felices para este lugar.

Pasó de ser escenario a ser escena de momentos bastantes más desagradables. Nada tenía que ver con las actividades de antaño. La siguiente generación ya no limpiaba. No hablaba. Solo acababan con sus frustraciones mediante una jeringuilla. Y acababan realmente, desde luego. Las circunstancias externas encarnadas en los actos de la juventud enturbiaban el agua ya no tan cristalina.

Pero no podemos olvidar que también los jóvenes fueron los que se unieron en el IES Alexandre Bóveda para denunciar y devolver sus posiciones a todas esas mujeres manchadas de trabajo. También los jóvenes fueron los que, cargados de rabia por la suciedad y la vejez, decidieron reivindicar los derechos patrimoniales del lugar. Abrazan sus paredes sucias. Tapan todas las imperfecciones que nadie cubrió. Los versos se pueden considerar como un acto agresivo hacia un lugar. También se puede leer la protesta insistente.

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La infraestructura del lugar se encuentra descuidada

Las baldosas del suelo que algún día fueron blancas ahora están sucias por el barro. El musgo se pasea abiertamente por zonas dispares y decora la estancia marcando el carácter rural que no deja de tener. Las firmas de colores son un arcoiris desordenado y visual. Parece que más que decorar ensucia. Hay charcas y barro en la zona del fondo que enfanga los pies. Busca atrapar. Quiere que alguien se vuelva a quedar ahí. Pide no ser abandonado.

En cambio, los dos recipientes están impolutos. Por eso en el primero podemos ver las baldosas amarronadas. Porque el agua cristalina te regala la desoladora visión del fondo. El segundo tiene un color blanquecino, causado por los jabones. Ambos se separan entre ellos. Pero quedan envueltos por unos bordes en diagonal, que en otro tiempo invitaban a las prendas a caerse con la gravedad. A bañarse para después salir a tomar aire y ser frotadas en esos añadidos a la piedra.

La poetisa recuerda muchas cosas que no es capaz de escribir. Prefiere vivir. Como su barrio. Una cárcel de asfalto que respira bocanadas de orgullo. Resoplidos de sangre. Cuando ella muera, otra ocupará su lugar. Sus escritos sin letras puede que no perduren en el tiempo pero desde luego ella ha dejado huella. O le han dejado huella. A veces es lo mismo.

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