La irrealidad del estudiante universitario

Tengo veinte años. Casi veintiuno. Estudio periodismo en la Universidad de Santiago de Compostela. La vida me ha llevado por distintos caminos. Unos de bonito recuerdo y otros realmente desgarradores. Actualmente vivo en un piso en el que paso -como como todo buen estudiante universitario- bastante poco tiempo. Salgo a menudo y disfruto de tiempo de ocio solamente enturbiados con picos de estrés. Con toda seguridad vivo en una realidad que puede ser muchas cosas pero poco tiene de real.

Las personas que tenemos la suerte de tener acceso a la Universidad. Porque sí, es un estado de pura suerte. En parte por tener una situación socioeconómica lo suficientemente buena como para permitirnos residir en una ciudad ajena. En el Estado Español un 28% de sus habitantes están riesgo de pobreza según el último informe de la Red Europea de Lucha contra la Pobreza (EAPN). También por no ser habitantes de cualquiera de los países dependientes que son expoliados por, entre otros, el nuestro. Esto nos lleva a lo que quiero hablar fundamentalmente: la vida que vivimos aquí no se corresponde en absoluto con la que más tarde como trabajadores nos tocará afrontar.

No creo que se pueda concebir como normal un estadio vital donde se pueda conciliar salir cuatro días a la semana –y porque normalmente el cuerpo no da para más- con un satisfactorio desempeño funcional. Por supuesto el ocio es necesario en todos los aspectos de la vida pero el desfase y la deriva no. Porque detrás de las risas y la necesidad de la abstracción, hay motivos emocionales derivados de una insatisfacción. Una disconformidad derivada de unos motivos políticos. Una generación drogada conviene más, protesta menos y está más dormida. Por ello se soporta, se perpetúa e incluso se incentiva a ello.

Por otro lado, en ningún otro momento de nuestra vida se repetirá esta situación. Entraremos en un mercado laboral que debido a sus exigencias intrínsecas nos ahogará hasta el punto en el que viva la situación contraria: la total ausencia de tiempo libre. La otra opción es aún peor, que se nos niegue la entrada a dicho mercado. Que pasemos necesidad después de tanto años donde hemos tenido que aguantar la verborrea de las salidas laborales, el ganar experiencia trabajando gratis o las asignaturas que bien se pueden resumir en que la sumisión laboral es buena y necesaria.

En la mayoría de los casos la capacidad adquisitiva de todo estudiante no es suya. Es producto del trabajo de sus padres u otros familiares. Ellos trabajan, son explotados y se ganan su pan para que el estudiante viva en un limbo irreal donde sobrevive gracias al esfuerzo ajeno y a becas vinculadas especialmente a resultados académicos. Éstos, si el poder adquisitivo es bajo, normalmente bajarán debido al estrés ante la ausencia de dicha beca , a no poder tener acceso a academias o a tener una situación en casa complicada.

A mis, repito, veinte años. Casi veintiuno. Estudiante en la Universidad de Compostela. Refexiono sobre lo que ocurre a mi alrededor y sus causas. Nuestra realidad está perfectamente definida por elementos ideológicos que la modelan. La política tiene su origen en todo. Hasta en lo que es, en apariencia, nimio e intranscendente. Salir de fiesta los jueves por la noche no es una excepción.

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