¿Le pasa algo a su oreja?

Blade Runner se erige como nueva saga de culto, con una identidad propia indiscutible, y que como todos los colosales mundos de ficción, bien pudiera servir un universo cinematográfico interminable con decenas de películas en su estela. O eso espero, Blade Runner 2049 me ha cautivado.

La película destaca incuestionablemente por su calidad visual. Los matices cromáticos de cada plano son únicos. Los rojos orgánicos, naranjas oxidados, envenenados de gravedad; los blancos nevados; los grises metálicos del futuro. Los decorados son auténticas maravillas. La arquitectura, las líneas de fuga, la solución lumínica de los interiores, los planos aéreos, el agua, la contorsión de los personajes al morir –y nacer–, todo. Es un museo, rebosante de obras de arte.

Las únicas películas que personalmente llego a recordar que me impactasen tanto en este sentido son La isla del viento, dirigida por Manuel Menchón, un trabajo cinematográfico sorprendentemente amarillo blanquecino, y algunos planos de Interstellar y Marte: Misión rescate, pero siquiera alcanzan a rozar la perfección de esta obra maestra. La cartelería y merchandising desmerecen esta genialidad, reduciendo todo a las caras del reparto.

Pero además del carácter gráfico, esta película dirigida por Denis Villeneuve –con Riddle Scott, director del filme original, como productor ejecutivo– tiene voz propia, huele distinto. Al igual que hiciera Blade Runner (1982) en su momento, ésta es auténtica, diferente al resto de su generación. Tomas dolorosamente lentas –y bellas–, primeros planos asfixiantes, sangre espesa, peleas de sólo dos golpes y guiones secos, sin saliva, entre otros cientos de particularidades, perfilan una personalidad fabulosa.

Seguramente habrá contertulios en vuestras mesas que afirmarán que la actuación fue paupérrima o fría, pero aquí un servidor lo alaba: es parte del todo, del detalle supremo que grita esta película. Ryan Gosling cambia de expresión apenas un par de veces en toda la película –cuando se la cambian a puñetazos, por ejemplo – porque su personaje debe ser inequívocamente así, y Harrison Ford hace un excelso papel minimalista ajustándose a la estética general, muy agradecido –un dramatismo y pasión que sin embargo sí exhibió en su actuación hace 35 años en el mismo rol, exagerando demasiado las bofetadas que le propiciaba León o besando desconsoladamente a Rachael–. Ana de Armas consigue ser artificialmente humana, un holograma increíblemente cariñoso, empero holograma, y Jared Leto es un ciego del futuro incontestable. Quién nos tiene mejor acostumbrados a esa soberbia contención escénica es Robin Wright en House of Cards, que siempre viste tan bien la autoridad.

Sin duda otro espectacular mérito de la película es la construcción de la trama. Con una finta amanerada, crea una nueva historia a partir de la original, que algunos incautos pueden etiquetar de quiebro violento, pero cualquier mente sana consideraría una proeza de guión y versatilidad, ya que no desentona con su predecesora y he ahí su éxito. Un mundo nuevo dentro de un mundo nuevo: qué es un ser humano, si somos útiles y la definición de la esperanza en un mundo distópico entre otras nociones y preguntas atacan durante toda la obra al espectador para luego quedar mayormente sin respuesta. Y máxime todo este recorrido se enriquece de tangentes como la historia de amor de Joe y Ana de Armas, tan horizontal, que encaja perfectamente a lo largo y ancho de toda la historia, sin molestar al nudo principal, sin dirigir, sólo pasa; ídem con su final trágico, sólo pasa para ambos.

En cualquier caso todo merece ser contextualizado en el extravagante coste de producción: unos frugales 155 millones de dólares. Sí, 155 millones de dólares son muchos –más que los 130 de Harry Potter y la piedra filosofal, por ejemplo–, pero los 158 millones que atesoró Blade Runner 2049 en las taquillas en tres semanas también lo son. No es el resultado que se esperaba, por diferentes motivos, pero vivirá para contarlo. Lo que más me preocupa es si esta facturación tan justa alimentarán una tercera obra que continúe la saga. Necesito otra, me gustan las obras de arte.

Antes bien, no todo deben ser halagos o la realidad se resentiría. La comparativa natural con la película de 1982 resalta faltas leves a la presente, como el incongruente desarrollo tecnológico de los treinta años entre 2019 a 2049. Existen ya el superglue para heridas, los hologramas y una inteligencia artificial tan perfecta que es capaz de enamorarse –y tú enamorarte de ella–, pero se sigue manteniendo la misma ciudad, mismas puertas automáticas, pistolas y coches. En ningún caso deslegitimiza esta circunstancia la escenografía ni la trama, y cabría subrayar que la primera película también caía en tropiezos similares, pero sí desentona sutilmente con el resto de la perfección.

También ilumina la comparación entre ambas obras la manifiesta complejidad narrativa añadida de la presente, en cabos sueltos, personajes y detalles –hay hasta un idioma nuevo de repente–, que habría que justificar con la continuación de la saga en el tiempo, confiemos. O quizás sea un enfoque deseado, ya que la nueva no resuelve muchos de los misterios de la primera ¿quedarán muchos de esta segunda sin resolver de haber una tercera? ¡Vaya libertad creativa!

Asimismo, aprovechando este espacio de crítica y no siendo ningún gurú o erudito meteorológico, quería echar de menos el crujido de la nieve. La nieve, ya sea en 2049 o hoy, debería crujir según la pisas. Es un matiz sonoro omitido en toda la trama, que además confronta con los fantásticos audios de la lluvia en ambas películas; un detalle insignificante que pudiera haber aportado ese escalofrío necesario… y camuflado con vida a la nieve falsa –¿o azúcar?–. Aunque desde luego estos productores de sonido han estado en el futuro. Con todo el cine del mañana ya producido como baremo, desde Star Wars a Desafío Total, creo poder aseverar que los efectos envolventes de sonido de Blade Runner 2049 son los más apabullantes, y terroríficamente reales para cualquier imaginación, que he vivido jamás. Reverberan algo distinto.

Personalmente por otro lado reescribiría la escena final, por innecesaria. No profundizo por miedo a los fantasmas del spoiler. Si se aprecia en ella la estremecedora toma de Joe tumbado en las escaleras, siendo aderezado por los copos de nieve, pero soy yo ¿o le pasa algo a su oreja en ese plano? Parece que la quisieron editar en posproducción y dejaron el trabajo a la mitad.

Pero pocas pegas más. Es un trabajo impecable en todas sus aristas, artísticamente sublime, ambientado en un sólido y único mundo de ficción lleno de sempiternas posibilidades narrativas. En mi condición joven, ajeno a la promoción que vivió el estreno de la original, llegaría incluso a considerar a esta, Blade Runner 2049, como la primera y original, y la de 1982 como una simple precuela –¿Me oyes Geroge Lucas? Yo también sé desordenar–. Ojalá le siga una larga descendencia.

 

“- Was a day?

 

-It was a day.”

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