Hombres que me servisteis de verano

Hemos amado cuando callamos sintiéndonos ausentes, dándonos la mano para que eso fuera amor, con golondrinas, jugando a la Rayuela, hemos amado como generaciones enteras de literatos calzando sombreros, con un fusil sobre el cráneo, hemos amado como y con todos ellos. Hasta los hemos metido en la cama y les hemos encendido una lámpara, luz tenue.

Sabemos que hay otras voces, distintas formas de amar. Lo hemos escuchado de pasada, como en una conversación que dos personas mantenían en el bus. Nuestra literatura -la que consumimos-, es también autobiográfica y es por eso que ha definido cómo sentimos y nosotros hemos definido qué literatura permitimos que nos haga sentir. Cada vez que unas a palabras resuenan en nuestra cabeza estamos creando un espacio para aprenderlas. Todas las declaraciones que alguna vez nos hicieron en boca de Neruda, Benedetti, Bécquer, Cortázar, los del 27, Lorca; todos los libros que nos han sugerido de qué manera permitir al otro formar parte de nosotros; todos ellos son material bibliográfico para explicarnos lo intangible.

Entonces, palabras como corpúsculo, ignominiosa e insuflar pasaron de ser desconocidas a añadirse a algún diccionario. La culpable, una poetisa cubana.

 

Con un traje amarillo como si renunciara a la tristeza, voy a verle

La conocí en Medellín, una mañana calurosa. Estaba sentada en el sofá con una de mis compañeras de piso y me puso una canción, Rubia como la Monroe. A través de la música, Pala cantaba que hasta el pánico estaba dispuesto a amar a aquella mujer. Ella le respondió, pese a que las canciones son una conversación sin réplica. Esta vez, la aludida fue más allá y recitó un fragmento del Discurso de Eva. Ojiplática, transcribí algunas de las frases y descubrí que esas palabras pertenecían a Carilda Oliver Labra. Los dos últimos versos resumían tanto deseo: júrame que no estoy muerta/ te prometo amor mío, la manzana.

¿Cuántas veces nos hemos acercado al otro suplicantes? Casi demandándoles que nos lo prometa con las manos, con las piernas, que nos lo prometan con palabras, con gritos, con regalos, con tiempo. ¿Cuántos han sido capaces de hacerlo? A todos ellos les hemos respondido con lo mismo: la manzana. Lo prohibido, lo punitivo, lo complicado pero también el deseo. Un deseo insaciable que nos devora.

El resultado de la provocación lo sentenció ella: Me desordeno amor, me desordeno. Lo que ocurre cuando nos prometen que vivimos, cuando ofrecemos el pecado. Esta frase la utilizarían para definirla a lo largo de su trayectoria. Ella, la constante desordenada por un hermoso caos. También tuvo otros nombres, adjetivos, como la atribución de feminidad. Carilda Oliver femenina -como si fuera un pintalabios-, la llamaron de esta forma porque su intimismo roza el erotismo, por ser capaz de evocar a sus amantes. A ellos los hemos leído tanto que parece que tomaron con nosotros el té. Sufrimos la pérdida cuando ella lo dijo, cuando su esposo murió tras diecisiete años de matrimonio. Se nos ha perdido tanto, tantas personas y ella lo nombró con una simpleza enternecedora: Se me ha perdido un hombre.

 

El oficio de buscarte en la nada

No es tarea sencilla tratar de encontrar los restos de Carilda Oliver en España. La biblioteca general de la universidad no tiene sus palabras, la trabajadora remite a otra aula más pequeña, concreta de un departamento que abre únicamente ciertos días en un horario concreto. En la biblioteca pública hay un ejemplar, aunque las trabajadoras no saben si se llama Caridad o se escribe con K. No las culpo, la voz fuerte de la poeta no tiene un eco tan ruidoso como merita.

Con un vestido negro de tapa blanda, Visor en 1997 recoge sus poemas en una Antología Poética. Con el libro se produce una intromisión a ella, para entenderla, hacernos nuestros en ellas, nuestras en ella, encontrarnos inmersos en su sensibilidad y querer -no como apetencia sino como aspiración-, contagiarnos de su fuerza, del poder que desprende.

 

Pensar que yo estaré muerta también

Nació en julio de 1922, murió en agosto de 2018. Parecía cantarse a sí misma, contarse a sí misma cómo  enfrentarse al mundo la zarandeaba. Se preocupó por llorar otras muertes con versos, la suya quedó transcrita a través de ellos.

Carilda Oliver, una mujer literata. Difícil porque ser mujer no es ser solo una, es una sucesión de mujeres, formas, posibles fealdades y discordancias. Ser mujer literata era ser delito menor. Pero ella se encarceló como Pizarnik que hizo de su jaula pájaro, como Plath contra las marejadas  It is no night to drown in”, no fue una noche para dejarnos ahogar, como la recién galardonada con el Premio Cervantes Ida Vitale: “Ser humano y mujer, ni más ni menos.

Carilda Oliver no es más ni menos. Es suficientemente ella, nos provoca que nos acordemos de su nombre perezoso que apenas querría ser palabra. Pero nos enseña corpúsculo, ignominiosa e insuflar; y nos guía hacia nuevas formas de querer.

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Imágenes de Juan Carlos Grande Martínez

“Tus ojos de pantano estrellado,

tus ojos de caramba y quiero

que la miseria usaba como dos trampas verdes.”

*Todo lo escrito en cursiva y el título son palabras de Carilda Oliver.

 

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