La crónica de un olvido

Por: James Estiven Alzate

Escrito un día cualquiera en el cual la extrañé mucho

Quizá este sea el último escrito con tu nombre. Cada que tu ausencia aparece a la vuelta de la esquina o en el último sorbo de la cerveza en Bogotá hace más frío, los huesos titilan y los recuerdos revolotean como pequeños escalofríos por cada parte del cuerpo. Y ahí, a la intemperie del amor y al hacerme un hombre más vulnerable, recito como una letanía la historia que vivimos.

Ahora produces más miedo que amor. Le temo al día en el cual ya no te extrañe, o en el que ya no sepa qué decir sobre tu pelo crespo, tu piel canela y tu sonrisa permanente. Le temo a que la noche me sorprenda desnudo en unos brazos que no sean los tuyos o que el domingo en el cual quiera suicidarme, no encuentre remitente para mi carta de último adiós. Le temo a quien camina a tu lado y te susurra al oído el mismo futuro que yo tenía para ti.

Suelo lanzarme cada tanto al mismo abismo y por más que desciendo, nunca toco fondo. Esto de recrearte en mi cotidianidad es un martirio permanente. Podría decir que somos dos extraños, pero no, sigo siendo el mismo: todavía escucho la música que me habla de ti en un idioma que no comprendo bien, lo hago para mantener una conversación contigo; aún camino las calles de las ciudades prestadas buscando desdichados; odio trasnochar y sigo coleccionando fracasos. Y tú, imagino que sigues igual: amando el helado, las casas grandes y las bellas melodías.

Poco a poco te desdibujas en la piel y en los labios de otras, tal y como yo me desaparecí de ti. Y siento que soy un buen olvido porque no te atormento con reproches absurdos en las madrugadas cuando estoy ebrio, ni tampoco le pregunto a nadie sobre tus andanzas. Me dedico, como un maniático, a pasar por los lugares donde nos besamos y nos dimos unas cuantas caricias tímidas, en esas tímidas partes del cuerpo. Sin embargo, te olvido. Te olvido y no quisiera hacerlo porque aún a nuestra historia le hacen falta unas cuantas líneas.

Me divierto con todo aquello que lleva tu nombre, antes maldecía ese palíndromo y ni sé por qué. Han pasado pocos meses que parecen eternidades, y suelo escribirte poco porque ya agoté las metáforas, las hipérboles, las historias, los recuerdos, los versos, los odios… todo se desvanece.

Supuse que aquel domingo, antes de irme de la ciudad que fue mía por 21 años, sería el último domingo a tu lado. Y volví a enamorarme de ti a pesar del desprecio. Caminé a tu lado, pero no juntos. Medellín habló tantas cosas esa tarde que solo le atino al ruido de la avenida y a mi desespero por eternizar los minutos, por fundirme otro poco en ese abrazo que nos dimos.

Si algún día decides volver, por favor, toca la puerta tres veces antes de entrar, trae una botella de vino, las mismas melodías que me cantaste antes de mi fallido viaje a Argentina y bésame, pero después sonríe. Y nunca dejes de sonreír, te ves muy bonita cuando lo haces.

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