¿Volvimos a las épocas de guerra?

Por: James Estiven Alzate
Twitter: @jamesestiven

Vivir en Colombia es caminar con la barbarie al lado. Cuando creíamos que los días de incertidumbre se habían ido, un carro bomba que estalla en la Escuela de Cadetes General Santander, en Bogotá, nos devuelve a las páginas más sangrientas de nuestra historia y deja a todo un país en el desasosiego. ¿Y de aquí qué sigue? Nos preguntamos. Silencio. Nadie responde.

Las autoridades estatales investigan. Algunas familias lloran a sus muertos; otras, esperan con optimismo a las afueras de un hospital que sus seres queridos se recuperen satisfactoriamente. Los medios atiborran sus páginas con fotografías y testimonios de lo sucedido. Habla el uno, le responde el otro. Y los ciudadanos del común regresan a su cotidianidad esperando que todo vuelva a estar tranquilo, que si hay una próxima explosión no sea a su lado, ni al lado del colegio de sus hijos, ni al frente de la casa de su madre… ni en ninguna parte, ni aquí ni allá.

¿Hipótesis? ¡Todas! ¿Válidas? Unas pocas. Más en un país donde no sabemos callar, donde tenemos que opinar, sin importar los argumentos, sobre cualquier suceso. Un país donde le hacemos juego al terrorismo incendiando las redes sociales con mentiras o acusando al político actual, al que pasó, al que estaba antes de ese… y nos olvidamos de que las tragedias tienen rostro, en este caso, en su mayoría jóvenes nacidos después de 1990.

Esos jóvenes querían ser integrantes de la Policía Nacional de Colombia para defenderlo a usted y a mí, y antes de llegar a cumplir ese sueño y esa promesa con el país, sin la posibilidad de defenderse, murieron producto de una guerra que no vieron nacer y de la cual no son culpables, pero sí víctimas.

Después de que pase el boom de los hechos, el autor material del atentando no dejará de ser más que un alias; las víctimas unos nombres a los cuales, seguramente, les harán placas y homenajes póstumos; 17 de enero de 2019 pasará a ser una fecha rememorativa, como el 12 de agosto de 2010 cuando le pusieron una bomba a Caracol Radio o el 15 de mayo de 2012 cuando intentaron matar a un ex Ministro del Interior y de Justicia. Todo eso en Bogotá, la capital del país.

Ni enumerar lo que pasa en las zonas más apartadas de Colombia: es el mismo terror, la misma angustia y la prolongada resignación de que nacimos en un país como este, de que no hay más. Las miradas del centralismo no llegan hasta allá, y quizá, por ello, no nos enteramos de lo que sucede o nos damos cuenta demasiado tarde.

Un acto como este nos deja lágrimas y miedo, las primeras se agotan, se evaporan, sirven para alivianar el espíritu y para maldecir, en medio de la tristeza, a quienes cometieron el atentando, al Estado por no ser capaz de protegernos, al destino por arrebatarnos a estar en el lugar donde una bomba va a estallar. El miedo, por el contrario, se incrementa y recorre las calles con el murmullo de CUIDADO aquí puede pasar algo grave. Y no solo es el miedo de los que estamos en Colombia, también de los que están por fuera, de los que no quieren venir acá porque es muy inseguro todo.

Solo preguntas quedan en este valle de lágrimas, preguntas que van más allá de los informes policiales sobre lo sucedido, preguntas que nadie sabrá responder porque esta fue la vida que nos tocó, porque este fue el país en el que nacimos. Incertidumbre, de nuevo esa palabra, de nuevo ese sentimiento.

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Fotografía realizada por Abel Cárdenas

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