Aparta chaval, que tú no sabes

El lector procede a sumergirse en las palabras, sabe que busca algo pero no sabe exactamente qué. Entonces, el escritor se lo indica, informa, comunica. Pero el que lee puede dejar de hacerlo de inmediato, y ese es el mayor miedo de los periodistas: que nadie recorra estas líneas, aunque sea saltando de una palabra a otra. Aunque sea en cruz, en diagonal. Por favor, piden, léanme.

Los medios tienen una amalgama de tácticas para seducir. Y los culturales no son menos: el SEO, los algoritmos, las fotografías fascinantes, los títulos controvertidos, la imagen sapiosexual. Por supuesto, pocos colores, mucha nostalgia, cigarros, melancolía, tocadiscos, cafés. En estos medios los que redactan son dinosaurios, barbas blancas y bagajes culturales, solo ellos pueden entender el milagro de leer, el placer de crear periodismo cultural. La juventud solo existe para exhibirla como en un escaparate, no para darle voz . Sin embargo, así como el fútbol ha conseguido irrumpir en todas las clases sociales, la cultura se sigue subdividiendo en baja y alta (como la Edad Media), en prensa rosa y JotDown. Es un desafío. Es desde luego hermoso, pero un desafío.

Esta idiosincrasia no es el único problema del sector, sólo faltaba. Se habla de nuevo periodismo, de nuevas profesiones, incluso de un colapso que vuelva a poner todo como estaba antes -protagonismo de papel, que no paren las rotativas-. Sobre estos temas se debatió en Sevilla, durante las I Jornadas de Literatura: Escribir y Publicar Hoy, organizadas por la Fundación Caja Rural del Sur. Una de las mesas redondas se desarrolló bajo el título: La literatura y medios de comunicación. Son, desde luego, una pareja. Pero no siempre funcional. Los protagonistas de la conversación fueron Andrés González-Barba, Alejandro López y José María Rondón, moderó Javier Torres, de la Revista Distopía.

Para Alejandro López, autor de la revista LaMuy, es imprescindible la necesidad de captar la cultura de los márgenes, tratar de extraer de la sociedad esos aspectos con menos visibilidad, contrarrestando la idea generalizada de mostrar una cultura poseída por los culturetas y no los cultos; generando un lugar para ambos. Todo un reto. Sobre todo si no olvidamos que el periodismo es en primera instancia unidireccional: se comunica en radio sin saber si alguien está escuchando, se redacta sin conocer el numero de lectores. Gracias a las Redes Sociales hoy existe una leve retrospección, pero nosotros, los escritores de la nada,  tratamos de ahuyentar tanto a la incultura como al silencio informativo. Seguimos forzando esa conversación. Peor todavía, desde abajo hasta arriba (Edad Media incluida) quien quiera puede abrir unas letras y publicar una idea vaga -e incluso profunda-, de los temas que se tratan. Por todo esto, los periodistas defendían que se requiere emoción y responsabilidad. Porque lo que escribimos es lo que se lee, pero si no se siente es contenido vacío.

Conocemos estas dificultades, pero volviendo a la autopista ¿qué es lo más importante para que se lea periodismo cultural? El nombre del periodista (Pérez Reverte, Javier Marías, reputaciones), el tema (morbo, agenda setting…), la forma de difundirlo (Community Management). ¿Dónde quedan la personalidad, la cultura, el estilo del oficio? Esa palabra, oficio. Contra los que los estudiaron y nunca lo ejercieron, o los que lo ejercen sin haberlo cursado, cuidado. Cuidado con publicar sin conocer el código deontológico, con los ERE de El Correo, con los magnates, la revista Jot Down fuera de los kioskos. Sin olvidar que la credibilidad del periodismo la quitaron la inmediatez y las empresas, y que quizás sean la única salvación para él. La única forma de llegar a la información de verdadera calidad.

Así, hace ya unos meses, en el Bookstock de Sevilla se organizó una conferencia en la que se trató este linchamiento digital. Se defendió que el periodismo debería tener una plataforma como Netflix o Spotify, una revolución estructural del negocio; uniendo todas las plumas, aprendiendo de los errores del sector, nosotros que todavía podemos. Con consciencia en el consumo para combatir el consumo por el consumo; y de su mano, como  un precio justo que invierta en el futuro de la prensa. Consumirse, finalmente, entre tantas informaciones y tan pocas horas al día para prensa, utilizar recursos que calman la ansiedad y no nos hacen sentir inquietos, como Instagram. En una entrevista, a Amarna Miller, exactriz porno (ahora solo actriz) realizada por Broncano -uno de los ¿periodistas? más reproducidos-, defendía lo mismo de su anterior industria: se debería pagar para ver porno. Antes, con las revistas y con los VHS se podían hacer mejores creaciones, defiende. Hay que pagar para tener calidad, insistía. Al fin y al cabo el periodismo también es un formato de sexo que vende su cuerpo: los anuncios (a falta de suscripciones mensuales). De su cartera se saldan algunas de las deudas; y cuanto mayor sea la erosión a la calidad, cuantos más titulares y cuanto menos contenido sepamos, mejor, mejor, mejor. Más CTR, CPA y LTV. Más click-bait, más seguidores y menos lectores con capacidad crítica. Dice Batania: “Sobre todo no les dejéis solos, que no se desconecten ni un momento de vuestras redes, recordad que basta una semana de soledad para que hasta la oveja más blanca empiece a acuñar ideas propias”. Falta periodismo con valores (lo cual se estudia en la carrera que muchos no estudian porque no lo necesitan), con un entendimiento más profundo de las fronteras entre la rentabilidad, de la desvirtuación del contenido, una sociedad que los aprenda y los aprehenda.

Hoy el periodismo cultural es quizás únicamente, como diría Eric González, aquel que no es inculto (¿del todo?). Por lo tanto: textos de extensiones medidas que sean como tweets largos, con dibujos o como los cuentos infantiles pero sin moraleja, unos temas redundantes, formatos rutinarios y plantillas de dos redactores. Educar sin educación,  escribir anuncios.

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