Superficie o el problema del periodismo actual

Superficie. Si hubiera que buscar una palabra que casase con la esencia de lo que hoy es entendido como periodismo sería esa, superficie. Una superficie estática, como la de un estanque o una fuente, una superficie que refleja el rostro de quien se asoma, del público, de la sociedad que lo consume o, mejor dicho, le echa un vistazo. Es un elemento más del día a día, un borboteo de fondo al que de vez en cuando se presta algo de atención. Nada de fuertes marejadas, nada de profundidades insondables y por supuesto nada de transparencia, ya que la transparencia sin profundidad carece de razón de ser. Simplemente superficie, mera estética rodeada de ornamentos redundantes, un paisaje anodino que busca producir en el espectador un interés vacuo. Cuanto más simples los hechos, mejor. Cuanto más fáciles de asimilar, mejor. Cuánto más emocionales, mejor, porque la emoción es el camino más rápido para captar el interés.

El periodismo de hoy hace gala de una aparente heterogeneidad que disimula lo homogéneo de su discurso. Necesita grandes titulares que ilustren grandes causas, de forma que las más complejas y delicadas (auténticos sujetos del periodismo entendido como una forma de explicar el mundo) queden enterradas. El monstruo mediático construido en torno al caso de Julen es el ejemplo perfecto. Todos los telediarios han desmenuzado diariamente cada pormenor de un rescate que ha durado más de una semana. Las entrevistas con familiares, la afectación de los presentadores, multitud de esquemas representando la problemática estrechez del pozo… todo ello buscando la identificación emocional del espectador para mantenerlo pendiente de cada avance. ¿Es esto noticia? Si entendemos por noticia a la información que habla de unos hechos de actualidad que además son de interés (o morbo) para un público, por supuesto que sí, pero, ¿cuándo se convirtió el periodismo en una burda mezcla de interés y actualidad? Los pozos rurales sin señalizar son un problema que conviene hacer público para que las administraciones ofrezcan una solución, pero eso ni siquiera puede aspirar a justificar un bombardeo mediático tan desmedido como el que se ha dado. Existen problemas más acuciantes hacia los que la opinión pública debería dirigir su mirada, como lo son la guerra en Gaza, el artículo 13 pendiente de aprobar por la Unión Europea y que podría condicionar el futuro de la creación en Internet, la situación real de los refugiados que llegan a nuestras costas o los abusos cometidos por las eléctricas que se ven amparadas por el Estado. Con Julen han saltado por los aires todos los códigos deontológicos y éticos de los que el “cuarto poder” dispone para desempeñar una tarea que no consiste en entretener, sino en extender el mundo de los individuos, mostrar aquello que pasa a nuestro alrededor gracias a profesionales con verdadero interés por compartir su visión de las cosas. Una visión que, si bien nunca podrá ser completamente objetiva, sí que debe ser ofrecida de forma honesta y rigurosa, dejando en segundo plano intereses económicos, políticos y empresariales. Con la llegada de Internet y la comunicación digital, esa función de ampliar fronteras ha quedado obsoleta. Ahora todo individuo puede acceder a terabytes de información sin apenas límites y compartir sus propias ideas de la misma forma con millones de personas. Sin embargo, la libertad que ofrece esta tecnología conlleva un descontrol total y el periodismo sigue teniendo una función esencial que hoy parece haber quedado de lado. Esa función no es otra que organizar, explicar y relacionar toda esa información de la que disponemos, así como combatir los bulos y destapar a las personas ocultas tras determinadas informaciones interesadas.

Este problema no es exclusivo del periodismo informativo. En el periodismo cultural, y en el casi inexistente periodismo social, la situación es semejante. Mientras los reality shows continúan propagándose imparablemente en televisión, la parrilla adolece de una ausencia flagrante de programas con verdadera carga cultural que traten temas como literatura, arte, cine, viajes, feminismo, videojuegos… No se trata de que el ocio y los realities sean “malos” per se, pero si ahogan la oferta televisiva no queda espacio para nada más. Es necesario un periodismo capaz de romper con los estereotipos asociados a todos los ámbitos, sociales y culturales, que los propios medios se han encargado de perpetuar y alimentar. Que hay más cine además del producido por Hollywood. Que el feminismo no consiste en cuatro gatas intentando llamar la atención. Que viajar no se trata de ir de hotel en hotel y de spa en spa. Que los videojuegos son otra forma de expresión cultural perfectamente válida. Que en literatura hay autores más allá de Reverte o R.R. Martin. Mostrar esto es una responsabilidad más que los medios de comunicación y el periodismo en general han olvidado. Esta educación cultural básica está quedando restringida a pequeños medios especializados que hacen lo posible por sobrevivir entre tanto ruido de fondo.

La sociedad se está transformando rápidamente y el periodismo (o la mayor parte de este, al menos) no está sabiendo estar a la altura de esa transformación. Se ha deformado hasta convertirse en un recurso de ocio venido a más, en un circo que aparenta ser lo que no es, en un estanque que pretende sustituir a un océano.

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