Feminismo y deconstrucción, dos caminos entrelazados

La deconstrucción es un concepto relativamente nuevo, acuñado por el filósofo postestructuralista Jacques Derrida (1930-2004) basándose en ideas del pensador alemán Heidegger. Se trata de una herramienta para el análisis de los discursos que pretende desmontar sus premisas para identificar su origen y significación. Diccho de otra manera, se trata de diseccionar aquello que viene dado, aquello que está construido. Es, desde su mismo origen, un instrumento interseccional, pues se puede aplicar y, de hecho, se ha aplicado a ciencia, literatura, propaganda, política, etc. Actualmente se ha convertido en una pieza clave dentro del movimiento feminista, tanto es así que es difícil hablar de deconstrucción sin hablar de feminismo. Se trata de algo lógico si se tiene en cuenta que el movimiento pretende acabar con la hegemonía del discurso patriarcal, el mismo que condiciona los cánones según los cuáles nos conducimos en sociedad. La deconstrucción toma de esta forma un papel fundamental dentro del proceso de aprendizaje personal en materia de feminismo.

Julia, Jennifer y Alba son tres jóvenes feministas residentes en Sevilla. Las tres entraron en contacto con el feminismo al comenzar sus respectivas carreras y desde entonces han continuado formándose en él. “Estudié educación infantil y, afortunadamente, en el segundo año me topé con una asignatura que me cambió la vida”, cuenta Jennifer. “Se llamaba (y se llama) Coeducación. Aprendí pequeñas nociones de feminismo, un repaso sobre las olas, algunas autoras relevantes, la diferencia entre sexo y género, lenguaje inclusivo y alguna que otra teoría que intentaba aunar feminismo y educación infantil. Esa asignatura, sin yo saberlo, tejió el salvavidas que tanto necesitaba y al cual no tardé en aferrarme lo más fuerte que pude”. Para ella el feminismo supuso una bofetada de realidad que cambió su modo de ver las cosas. “Recuerdo que en aquellos primeros momentos estaba enfadada, triste y llena de rabia. Me hacía daño (salir de la ignorancia siempre duele). Había estado toda mi vida preparándome, siendo por y para los hombres, esforzándome en ser algo digno de consumir y ahora me daba cuenta de que ese esfuerzo había sido en vano. Sentía que el feminismo me despojaba de todo lo que yo era, de lo que me habían enseñado a ser. No me concebía sin el punto de vista masculino, yo siempre había sido ‘yo con’ y no ‘yo a secas’. Nunca me había preocupado por conocer mis propios gustos. Resulta que era bisexual y ni siquiera lo sabía”. Sin embargo, ese encontronazo con la realidad también supuso una liberación para ella. “Era una sensación agridulce, aunque más agria que dulce. El feminismo también me liberaba de cargas, ya sabes, de cosas que tenemos que ser y saber hacer las mujeres y que a mí no se me daban bien, no me gustaban o me hacían daño como depilarme, maquillarme, usar tacones, no poder vestir ciertas prendas libremente, ocultar que estaba con la regla, medir mis palabras para no salirme del ideal de ‘señorita’, tener que hacer yo más tareas domésticas que mi hermano o aguantar por amor a un hombre que me maltrataba. El feminismo me liberaba de todas esas cosas que odiaba, me daba un respiro, era como escuchar ‘tú no tienes la culpa’ y eso me daba poder. Si otras mujeres también se lo habían planteado como algo injusto antes que yo en cualquier otra parte del mundo, tal vez es que era injusto de verdad”.

“El feminismo me liberaba de todas esas cosas que odiaba, me daba un respiro, era como escuchar ‘tú no tienes la culpa’ y eso me daba poder”

Julia, estudiante de medicina y aficionada a la danza, también tomó contacto de forma consciente durante su etapa universitaria. Dice “consciente” porque ella siempre había tenido ideas sueltas, referencias vagas a las que pudo por fin poner nombre gracias al feminismo. “No recuerdo un momento concreto. Si le hubieras preguntado a la julia de 16 años te habría dicho que sí, que estaba de acuerdo con mil cosas respecto a los derechos y oportunidades de la mujer, pero no tenía los conocimientos que hora tengo”. Narra que sus experiencias como mujer le fueron abriendo los ojos, desde su educación, tanto en casa como en la calle, hasta sus relaciones con amigos o de pareja. Estas vivencias le hicieron replantearse muchos comportamientos, propios y ajenos, que la sociedad daba por válidos o censuraba y su primer referente fue un amigo que la ayudó a entrar en el movimiento. “Si tuviera que decir una primera persona que me hiciera entrar de lleno en este mundo y tener hambre de él, ese sería mi amigo Manolo. Es una persona homosexual y activista en una asociación LGTBI y fue de las primeras en hablarme de feminismo. Es curioso porque esto a determinadas feministas podría hasta sentarles mal. ¿Que tu primer referente ha sido un hombre? En mi caso da la casualidad de que sí. Como dice el refrán, nunca es tarde si la dicha es buena, ¿no? Él estaba muy concienciado, aun cuando yo ni siquiera era capaz de poner nombre o delimitar los conceptos más básicos. Mis conversaciones y debates con él durante mis primeros años de carrera fueron fundamentales y muy didácticos”.

Con esos primeros contactos con el mundo del feminismo, ambas comenzaron sus propios procesos de deconstrucción. No son las únicas, para Alba, estudiante de antropología y aficionada también al baile, la deconstrucción es fundamental. Expone que se trata de un un mecanismo basado en el racionalismo puro y duro. “Es una forma de controlar la propia mente, algo muy ligado al racionalismo occidental y también al neoliberalismo (que algo bueno tenía que tener)”. Ella, como Jennifer y Julia, comenzó a formarse en el tema cuando llegó a Sevilla para cursar su carrera. “Fue entonces cuando empecé a aprender sobre feminismo y marxismo. Descubrí que podíamos eliminar conductas toxicas como el amor romántico, los celos o la falta de sororidad”. Este proceso ha supuesto y continúa suponiéndole muchas contradicciones. Por un lado, está la forma en la que ha sido educada y por otro la persona que ella quiere ser. “El dejar atrás tu pasado o las ideas que se te han inculcado genera un choque de ansiedad y presión horrible. Por ejemplo, mi madre siempre me ha insistido mucho acerca de la postura. Cierra las piernas, ponte recta… esas cosas. Cuando no lo hago siento que estoy dejando de lado una parte de mí y de mi forma de vivir la feminidad. Me supone un dolor que no sé cómo explicar, pero rodearme de gente que valora ese esfuerzo de deconstrucción me ayuda a reforzar la autoestima”.

“Descubrí que podíamos eliminar conductas toxicas como el amor romántico, los celos o la falta de sororidad”

Alba suele llevar siempre encima un cuaderno en el que apunta las cosas sobre las que quiere reflexionar conforme se le van ocurriendo, los patrones de conducta que quiere replantearse: “La deconstrucción es un proceso que se da constantemente, en el día a día”. Julia lo vive de manera parecida. Cuenta que cada día descubre algo nuevo que “le hace click en la cabeza” y dice “espera, esto que yo tenía por algo normal no lo es, o yo decido que no quiero que lo sea. Por ejemplo, ¿por qué me tengo que tirar media hora cada mañana para elegir mi ropa si a mí en el fondo me da igual? ¿Por qué tengo que estar pensando en si algo es demasiado corto o demasiado largo cuando mis compañeros varones no lo hacen? Pues yo he decidido que si un día me levanto y voy con prisa o quiero dormir más voy a coger lo primero que pille y ya está”.

Precisamente, un punto muy relacionado con el proceso de deconstrucción es el del cuerpo femenino y el aspecto físico, dado que están sujetos constantemente a un exhaustivo escrutinio por parte de la sociedad. Jennifer cuenta que siempre ha sido una chica gordita, desde que estaba en educación primaria, y siempre se le ha criticado e insultado por ello, ya sea por parte de compañeros de colegio, amigos o incluso familia. “Crecí obsesionada con mi peso y mi físico. Cuando empecé a salir con amigos y amigas tardaba muchísimo en arreglarme y nunca me veía bien. Me probaba mil prendas de ropa y no terminaba de verme bien con ninguna. A veces incluso decidía no salir, y si salía estaba en todo momento preocupada por cómo pudiesen percibir los demás mi aspecto y no disfrutaba nada. Me he hecho mucho daño depilándome para otros, me he hecho daño llevando tacones cuando me estaban martirizando los pies, he vuelto a casa descalza porque ya no podía más y he pisado cristales y de todo, he pasado frío por llevar vestido o falda, solo para estar más apetecible para otros, me he gastado mucho dinero en ropa y maquillaje por lo mismo. He hecho de mi vida un intento de arreglarme constantemente, cuando en realidad nunca he estado estropeada”. Ese salvavidas que fue el feminismo le hizo emprender su deconstrucción personal. “Fui consciente de que no paraba de dañarme porque no me quería absolutamente nada, ¿cómo quererme cuando no era dueña de mí misma? Desde entonces mi relación conmigo misma empezó a cambiar para mejor”.

“He hecho de mi vida un intento de arreglarme constantemente, cuando en realidad nunca he estado estropeada”

No es la única que ha pasado por eso, la historia de Jennifer podría ser la de cualquier mujer. Alba, por ejemplo, se encuentra en una situación similar respecto a su cuerpo. “¿Cómo deconstruimos los patrones de deseo y los cánones de belleza?”, se pregunta. “La depilación es un canon que, por más que esté en la lógica feminista, no me he deconstruido. Lo tengo interiorizado de tal forma que no hacerlo me supone mucha frustración conmigo misma y con la sociedad. Se trata, en cierto modo, de una disforia. Pasa lo mismo que con el peso, por más que intente no odiarme por estar gorda al final acabo repudiando mi cuerpo y mi autoestima da muchos bajones. Depilación, dietas, maquillaje… todo eso influye. Hay un bombardeo masivo por parte de la publicidad, la televisión, YouTube…”. Pese a esto, Alba utiliza el maquillaje de formas muy expresivas y poco normativas. En su cuenta de Instagram muestra a menudo sus resultados, además de utilizarla para compartir reflexiones personales muy críticas y reivindicativas sobre temas como el aspecto físico, la alimentación, el feminismo y la tolerancia. “El maquillaje es ahora más creativo, supuestamente, y yo exploto ese aspecto en lugar de usarlo para verme guapa, aunque creo que en cierto modo sigue siendo un escudo para mantener la autoestima. Estamos justificando el hecho de maquillarnos con el argumento de que nos gusta, porque nos miramos al espejo y nos vemos más guapas así, que lo hacemos porque somos libres a pesar de que nos lo hayan inculcado. Creo que deberíamos romper con todos los esquemas. Lo personal es político. Yo estoy en mi cuarto y me miro al espejo y eso es político, el gustarme a mí misma es algo político”.

La depilación es un factor común que siempre se repite. Julia cuenta que lleva depilándose el labio desde los 9 años. “Si cuando te sale bigote eres un niño significa que te estás haciendo un hombre. Si eres una niña te dicen que eso no es bonito, que vayas planeando quitártelo, cuando se trata algo que conlleva un gasto de tiempo y dinero, además de que implica dolor, no es agradable”. Que este tipo de cánones se pongan en marcha incluso a edades tan tempranas es, como mínimo, alarmante y sobre todo es clave para entender la situación de opresión y dependencia que sufren las mujeres más tarde. La misma dicotomía que expresan Jennifer y Alba la expresa también Julia: “He estado muchos años haciéndolo porque pensaba que me gustaba estar depilada, hasta que me he dado cuenta de que si me depilo es por convenciones sociales. Si yo me hubiera criado en otra sociedad donde no se juzgue cómo llevo el vello corporal, como pasa con los hombres, yo no tendría que estar preocupándome de todo esto”. Aún así tampoco se ve capaz de romper al 100% con ello, al menos a corto plazo. “Lo que sí hago es dejar de depilarme x zonas. ¿Por qué? Porque me da la gana. ¿Y por qué no lo dejo del todo? Porque yo en verano tengo que ir a trabajar a una piscina con niños y no quiero tener que pasar por el mal trago de que mi jefa me llame la atención porque tengo vello púbico asomando desde debajo del bañador, cosa que a mi compañero varón no se le va a cuestionar”.

“Si cuando te sale bigote eres un niño significa que te estás haciendo un hombre. Si eres una niña te dicen que eso no es bonito, que vayas planeando quitártelo”

Si el cuerpo y el aspecto están tan sujetos a los cánones patriarcales, con la sexualidad, que va de la mano, no puede ser de otra manera. Julia pone como ejemplo una de las relaciones que tuvo antes de comenzar su proceso de deconstrucción. “El chico tenía asumido que lo que le gustaba de una mujer es que fuera una santa en la calle y una bestia parda en la cama”. Algo que no pertenece a un caso particular, sino que representa el ideal hegemónico que la industria pornográfica sustenta y alimenta. “Hace unos tres años de esto y me da un poco de vergüenza admitirlo, pero entonces no me chirrió, estaba convencida de que yo era así, que eso estaba bien porque era una liberación. Mi liberación sexual. No pasó ni un año hasta que me di cuenta de la mierda que me habían metido en la cabeza. El patriarcado siempre está vendiéndote ideas ‘nuevas’. Siempre que pienses que algo es una liberación tienes que pararte a darle la vuelta y a pensar de dónde viene y esto es aplicable a todo: vientres de alquiler, prostitución, porno… Te lo venden como la liberación femenina más grande que hay: trabajar de tu cuerpo, que te conviertas en un bien de consumo”.

“El patriarcado siempre está vendiéndote ideas ‘nuevas’. Siempre que pienses que algo es una liberación tienes que pararte a darle la vuelta y a pensar de dónde viene”

Alba considera que en el campo sexual es en el que más éxito ha tenido deconstruyéndose. “Suelo ser más dominante que sumisa, Intento que no todo gire en torno a los genitales, sino también en torno a otras partes del cuerpo, en apreciar otras formas de belleza que no sean normativas. Para mí son muy importantes los besos y las miradas”. Su referente en este ámbito es Irantzu Varela, periodista que participa en la sección feminista de La Tuerca (El Tornillo) en YouTube, donde habla de sexualidades alternativas y del llamado postporno. “Yo siempre he visto un poco surrealista el uso de los consoladores porque es una forma de vincular sexualidad y consumismo. Como estoy en contra de consumismo exacerbado, he pasado a usar objetos cotidianos como cucharas, desodorantes… Una persona que no esté deconstruida en este ámbito puede no asimilarlo bien y a la hora de mantener relaciones quizás yo no tendría compatibilidad con ella”. En cuanto a las relaciones, cuenta que lo ha pasado mal debido a muchos aspectos difíciles de deconstruir. “Ahora mismo estoy en una relación poliamorosa, pero antes he tenido muchos problemas por culpa de los celos. Creo que poliamor y deconstrucción son dos conceptos que van muy de la mano porque hay muchos cánones que me han causado dolor, pesadillas y frustración, como el del amor romántico, la exclusividad sexual o la posesión. Mi solución ha sido la de hablarlo con mi pareja porque creo que lo más importante para deconstruirse es la comunicación con otras personas y con una misma. Hablar con tus seres queridos y escribir es fundamental para superar esas ideas con las que no estás de acuerdo o que te duelen”.

“Creo que lo más importante para deconstruirse es la comunicación con otras personas y con una misma. Hablar con tus seres queridos y escribir es fundamental para superar esas ideas con las que no estás de acuerdo o que te duelen”

En cuanto a referentes, Julia señala que sus mayores ejemplos son las mujeres de su día a día, esas que están a pie de calle y normalmente pasan desapercibidas. “Desde mi madre, que ha pasado de ser una mujer criada por el patriarcado, como todas nosotras, a vivir un proceso de separación al darse cuenta de que todo un matrimonio de 20 años no merecía la pena porque esa persona no le aportaba nada. Ahora está satisfecha consigo misma, sabe lo que quiere y busca su felicidad por sus propios medios. O mi abuela, que tiene 85 años y cuida de un señor (mi abuelo) pluripatológico, siéndolo ella también. A saber la dictadura patriarcal que habrá tenido ella en su casa y, lógicamente, habiéndose criado en la época que le ha tocado, con la religión ultracatólica, donde la homosexualidad no se concebía, donde a la mujer no se le podía ni ocurrir mirar por encima del hombro a un hombre. Con todo eso, esta mujer es capaz de aceptar el amor de las personas sea cual sea su sexo y orientación. Alguna vez, durante algún paseo le he contado lo preocupada que yo estoy por la situación de feminicidios que hay y ella, con sus palabras, lo corrobora y es consciente del panorama patriarcal que hay instaurado”. No sólo miembros de su familia, su profesora de danza también es una de sus grandes referentes. “En clase somos doce mujeres y un hombre. Ella expresó su intención de utilizar el femenino genérico al principio del curso, pero como el único hombre que había se mostró incómodo ella se ha cohibido y ha terminado por no hacerlo, pero sé que tiene ese impulso y esas ganas de romper con la hegemonía patriarcal. Es una luchadora en un mundo tan duro como lo es la danza, siendo además madre y triunfando sin pisar a nadie en una disciplina que puede llegar a ser muy competitiva y exigente”.

Si bien la historia de Julia, Alba y Jennifer como mujeres es semejante, pues sus cadenas provienen del mismo lugar, sus circunstancias personales y su especialización profesional son claves para marcar el punto de vista de cada una de ellas. Julia comenta su experiencia en el mundo sanitario: “En una reunión de compañeros de medicina tú eres la chica y él es el doctor, aunque tengáis la misma edad y seáis compañeros de clase. O si un paciente me llama guapa o linda teniendo a mi doctor, amigo del paciente, al lado, ¿qué le digo? ¿Mire usted, no me llame así? Es complejo. ¿Me pongo a regañar a un paciente de 70 años poniendo en evidencia a mi doctor y me arriesgo a que me eche de la consulta? A veces no estás en disposición del cambio. Todo lo que de mí dependa y sirva para cortar estas cadenas lo voy a hacer y lo que no pues… no me queda otra aguantar la frustración, canalizarla y también discriminar; evidentemente no puedo pretender reeducar a mi abuelo de 80 años, como lo intentaría con un amigo de mi edad, por ejemplo”.

“En una reunión de compañeros de medicina tú eres la chica y él es el doctor, aunque tengáis la misma edad y seáis compañeros de clase”

Alba explica que “una deconstrucción total e instantánea es imposible. Nadie cambia de la noche a la mañana y tampoco tiene por qué cambiar. Pero una cosa que debería estar presente en todos los discursos universitarios y que debería enseñarse en antropología, filosofía, comunicación… es la habilidad de ser ‘consciente de’, porque si tú eres consciente de tus cánones de belleza y de tus patrones de comportamiento en la calle y en la cama ya tienes una parte conseguida. Sin ese golpe de realidad no puedes iniciar ningún proceso de deconstrucción. Eso es lo que priorizo yo en mi vida, ser consciente. Hay muchas cosas que quiero cambiar, pero hay otras que no”.

“Si tú eres consciente de tus cánones de belleza y de tus patrones de comportamiento en la calle y en la cama ya tienes una parte conseguida. Sin ese golpe de realidad no puedes iniciar ningún proceso de deconstrucción”

“Creo fielmente que la educación es lo único que puede cambiar la sociedad y conseguir la emancipación de la mujer, sin duda alguna”, comenta por su parte Jennifer. “Ahora bien, tal y como está planteado el sistema educativo actual es muy difícil. Por mucho que en los centros se implementen programas de coeducación, por mucho que se aprueben leyes que propongan una educación en igualdad, el feminismo tiene que ser estructural, aparte de una cuestión de Estado. Tiene que impregnar por completo los centros educativos y no ser solo algo que se lleve a cabo de puertas para dentro, en las aulas, sino también entre todos los profesionales. Esto es muy difícil porque la mayoría de docentes no están formados o están formados de forma insuficiente. Habría que revisar también las leyes de educación y comprobar que los contenidos coeducativos sean correctos y funcionen en la práctica, pero poco se puede hacer si nuestros profesores y ministros de educación no están formados en educación ni en feminismo”.

El testimonio de estas mujeres da fe de la importancia de la deconstrucción para el feminismo. Para poder escapar de una prisión es necesario saber cómo se distribuye y dónde está la puerta, pero si se pretende que nunca más se utilice para recluir a nadie, es necesario demolerla piedra a piedra, hasta los cimientos. Deconstruirla. Para ellas la deconstrucción se ha convertido en una forma de vivir, una herramienta que han incorporado a su día a día para llegar a ser más libres de lo que son ahora, para derribar la lacra con la que las mujeres han cargado históricamente y siguen cargando hoy. Y eso es algo que un feminismo sin crítica, un feminismo que no busque las raíces de la opresión, un feminismo mercantilizado y, en definitiva, un feminismo sin deconstrucción, difícilmente puede aspirar a lograr.

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