Construyendo estándares: lo “natural” y lo aprendido

El ser humano es complejo, increíblemente complejo, pero sus relaciones sociales lo son aún más. Cuando era pequeño mis padres hicieron muchísimo hincapié en algo que aún a día de hoy me persigue: “no juzgues un libro por su portada, no juzgues a la gente por tus prejuicios”. La cantinela es típica, claro, pero quizás no lo fue tanto mi forma de reaccionar a ella. Mi infancia fue solitaria, siempre fui un chico que se lo pasaba mejor solo que acompañado, y me dio tiempo a pensar en muchas cosas (y a volverme bastante repelente, todo sea dicho).

No obstante, el choque llegó cuando finalmente salí al exterior. Cuando rompí la crisálida y comencé a socializar, a vivir experiencias con otros, y comprendí que me habían mentido. Que mis propios padres me habían engañado.

Nadie es tan inocente como para creer que esa máxima, que eso de no juzgar un libro por su portada, se aplica en nuestra sociedad. Nadie excepto yo, claro. Nuestra sociedad, un escaparate de neones donde todos competimos por ser “más”, por brillar más, se preocupa y mucho por la portada. Construimos imágenes exteriores relucientes que nos sirven de presentación, y nos juzgamos los unos a los otros por ellas; nos engalanamos de los adornos que suponemos que van a agradar a quienes nos rodean. Desgraciadamente es algo intrínseco al ser humano.

Hemos acabado construyendo una sociedad tan compleja, tan brutalmente interconectada, que nuestros cerebros lo tienen difícil para asimilarlo todo. Necesitamos los estereotipos, necesitamos categorizar a la gente, o al menos eso dice la ciencia. La psicología social nos habla de la importancia de las primeras impresiones, de como antes de conocer a fondo a una persona nos formamos una idea inconsciente sobre cómo creemos que es. Acabamos viendo ciertos rasgos típicos del grupo con el que la hemos asociado, y si es necesario incluso acabamos creándolos para poder justificarnos. Nos gusta tener las cosas controladas, nos gusta que nuestras profecías se cumplan.

La ciencia actual parece indicar que los estereotipos tienen su origen en el funcionamiento de la mente, que son parte de nosotros. Pero aunque necesitamos estereotipos para poder funcionar, aunque necesitemos simplificar, esto no nos exime de responsabilidad en el proceso.

Tendemos a asociar rasgos positivos a los privilegiados de la historia, a los vencedores; y rasgos negativos a los perdedores. Ni la ciencia se ha librado de esto. La Frenología, con la que se justificó la esclavitud en EE.UU, la “Vida indigna de ser vivida” de los Nazis, e incluso los “Factores hereditarios” de Mendel (que fueron usados para justificar las desigualdades sociales y el racismo en EE.UU) nos demuestran que creemos lo que queremos creer y apartamos aquello que nos estorba: aunque ahora mismo nada de todo esto sea más que una colección de paparruchas en su momento esa era la verdad científica. Los estereotipos los creamos entre todos, pero los perpetúa la educación, la cultura y la sociedad en general.

Así pues, nuestra percepción del mundo, de quien nos rodea y de nosotros mismos depende de una serie de ideas preconcebidas; y esas ideas dependen de nuestra historia, de nuestra memoria y de lo que hemos aceptado como cierto. Es mucho que asimilar, y no obstante es algo que entendemos de forma orgánica en cuanto comenzamos a relacionarnos en sociedad.

Actualmente nos encontramos en una época en la que las verdades se multiplican. La “Postmodernidad”, el momento en el que los valores de la razón mueren y las informaciones comienzan a tener mil caras, mil interpretaciones, todas válidas y muchas veces antagónicas, ha golpeado con fuerza. La gente se aferra a sus estereotipos con mucha más fuerza que antes y los justifica como verdades. Un profesor de universidad puede decir sin empaques (y de hecho, lo hace) que “los hombres están diseñados para agredir mujeres y solo la sociedad los contiene de hacerlo” y encontrará recipientes dispuestos a aceptarlo. Encontrará memoria que lo justifique y alumnos que lo defiendan. Nos es más fácil creer en la visión maniquea de un mundo predestinado por la genética, tal y como comentó Desmond Morris, que sentirnos responsables de nuestros actos.

De los estereotipos a las imágenes mentales, de la genética a lo “Natural”. El ser humano, en su búsqueda por construir una imagen de la realidad que no lo vuelva loco, que no lo haga tener que replantearse su mundo a cada paso, ha tratado desde los albores del tiempo de crear estándares para regirse. “Mi vida no es una mierda porque sí, es designio de Dios”, “Lo que pasa es que sois una generación de gente criada entre algodones, no es que yo haya vivido toda mi vida en un sistema corrupto e ineficiente”, “Si los negros no tienen mejores puestos de trabajo es porque genéticamente son menos inteligentes” … En tiempos de incertidumbre, cuando el mundo se está poniendo patas arriba, es cuando más afloran este tipo de pensamientos. Echar balones fuera simplifica las cosas y ayuda a sanar heridas.

El papel de los medios, no obstante, siempre ha sido precisamente el reabrirlas. Crear realidades, hacernos ver que el mundo es de una determinada manera, es fácil: desmentirlo, recordar la complejidad del mundo y arrojar lejos los estándares es trabajo del periodista. Del pepito grillo de la sociedad que nos recuerda que nuestros padres nos mintieron, que la gente juzga por las apariencias aunque no deba, que hay que intentar ser mejor personas, que la vida no es simple y las profecías (los estereotipos) las cumplimos nosotros, no los demás.

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