Sin noticias del deseo

Si Eduardo Mendoza me dejara guiar a Gurb –el extraterrestre que visita nuestro planeta-, para no encauzarse por callejones sin salidas, o las equívocas situaciones por las que pasó su compañero de viaje; no sabría cómo describirle qué trata el deseo. Utilizaría a otros, por supuesto. Desde lo popular a lo culto. Y me enfocaría en una tipología concreta.

Empezaría hablándole de un chico que se acerca a una chica que baila en un bar. Ella sabe que lo está mirando y él, antes de ir al baño se acerca a su oído. “Eres preciosa”, dice. Lo que ella responde es el deseo.

Puede que continuara narrando cómo dos personas saben que no pueden estar juntas porque una de ellas está comprometida. Hablan, se escuchan, se miran, se tocan las manos, se roban mecheros, se hacen cosquillas. Lo que ocurre esa noche antes de que cada uno en su casa duerma se llama deseo.

Pero le confesaría a Gurb que el deseo no es solo la vela encendida, también es la que se derrite. Que el deseo es deseo antes y durante la ocupación; pero que cuando se consume deja lo más importante. Que más importante que con quién libres la batalla es con quién te desplomas después. Qué le dices, qué le sientes, cómo se toca después y si se toca.

Le diría, “oye Gurb, ellos no te lo dirán, pero más maleducado que los codos en la mesa es no desear ponerlos”. El deseo es salvaje, irracional, arrastra. Con el cuerpo lo canalizas, con la mente lo gestionas. Utilízalo, Gurb. Que no se te enquiste y que te sirva para otras cosas. Para escribir esto, por ejemplo.

Y por supuesto, huye del no deseo, huye de ese lugar, rema fuera con brazos y piernas. Es fácil perderlo si se gasta siempre, es fácil manosearlo si se expone en demasía. Hay industrias bebiendo de las jarras del deseo, pero no te dejes ningunear por pantallas o inversiones financieras. El deseo viene junto a la seducción, son armas arrojadizas de un juego sin final. Mi amiga Celia nos comentó que ella iba más motivada a clase si había un chico guapo. “Soy amante de la belleza” aseguraba. Esta sensación la apretaba a las ocho de la mañana, nos ha apretado a muchos a deshora, de madrugada.

 

Te mandaría hacer los deberes, Gurb. Empezaría por dos películas: La Dolce Vita y Nynphomaniac. Hablan de las dos caras.

La primera, la dulce y pegajosa. El amor, la pasión, el deseo. Todos tuvimos noches de Fontana di Trevi, noches en las que el otro parecía un espejismo, irreal. En las que no pasó nada físico pero el deseo se palpaba. Noches de conversaciones superficiales, de recibir caricias en el pelo (cafuné, dirían los portugueses), de recibir ese amor pasteloso que odiamos y necesitamos.

[to Sylvia] You are everything… everything! You are the first woman on the first day of creation. You are mother, sister, lover, friend, angel, devil, earth, home.

Te cuestionaría: ¿qué personaje de La Dolce Vita quieres ser? Yo la mujer de gafas de sol, la que fuma, la que se quiere casar con Marcello y se besa con otros. Maddalena. Porque es la más libre, porque siempre disfruta, se deshace eligiendo ante todo su deseo. Pero aquellas noches de Maddalena son noches de no alcanzarlo. De tenerlo, de hacerlo real y perderlo por la propia libertad.

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Fotograma de La Dolce Vita

 

La segunda película, la subversiva. Ser finalmente egoísta, descubrir en el deseo la soledad. Aprender a gestionarla para ser más libre. Deducir, a pesar de todo, que tener más amantes no te convierte en mejor amante. Entonces, ¿qué? Respetar otros cuerpos, conversar, pedir, preguntar, entender el deseo, disfrutar llanamente.

[to Joe] B: Do you think you know everything about sex? The secret ingredient to sex… is love.

Te advertiría de las peores combinaciones: la tristeza y el deseo. Usar el deseo maquillado con tristeza afea a cualquiera. Uno no comprende el deseo. El deseo está lejos del amor, pero el que se le acerca es muy hermoso.

Nymphomaniac Vol. I Stacy Martin
Fotograma de Nymphomaniac

 

Por último, hablaría de mi experiencia. Puntualizaría que en algún momento he considerado que mi relación con mi deseo era extraña. Principalmente como mujer, más adelante como sensible. He envidiado los deseos de los hombres de mi alrededor, me ha sorprendido lo que son capaces de hacer por él -cómo quemaron Troya, qué envidia-; de qué manera estructuran sus vidas. No son las comidas del día, son los deseos que de ellos van surgiendo. Muchas veces su mala gestión. ¿Qué hay en el deseo que ellos quieren exprimirlo? ¿Por qué yo no puedo verlo?

Pero ya no es así, Gurb. Yo envidiaba a los hombres porque sus deseos eran animales, ahora me siento tranquila porque los míos son impresionantes. Puedo manejar mi deseo a mi gusto, no es él el que me domina a mí. Las horas del día no se dividen en los deseos, se dividen en decisiones.

Me sorprende pensar que la gente se desea tan fervientemente que no es capaz de disfrutarlo, que la gula se apodera de nosotros. El deseo es capaz de movilizar de maneras imposibles. Nosotros también somos deseos, alguien en algún bar nos piensa o nos recuerda. Seguramente mucho mejor de lo que somos.

 

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